Cambiar los nombres
Autoridades tradicionalmente inflexibles han decidido no poner en práctica medidasmás agresivas relacionadas con la obligación de las mujeres de cubrir su cabellera medianteel hijab, que ya estaban aprobadas, e igualmente eliminaron al mismo tiempo variasde las restricciones existentes para los servicios de WhatsApp y Google Play.
Existen infinidad de ejemplos históricos de cambios a la nomenclatura de países, ciudades, barrios y calles con la intención de enaltecer y reafirmar una nueva realidad impuesta por encima de la que prevalecía. Van algunos ejemplos: cuando la revolución bolchevique derrocó al imperio zarista, la ciudad de San Petersburgo perdió ese nombre, para ser bautizada como Leningrado. Hacia 1991 veríamos la reversión automática de tal decisión con el derrumbe de la Unión Soviética. Mucho más atrás en el tiempo –en el siglo I d. C.– se localiza la imposición del nombre de Palestina a la región de Judea por el Imperio Romano, tras el sofocamiento de la rebelión de los judíos contra el dominio de éste. La idea evidente era la de borrar el nexo del pueblo judío con esa tierra, y con la misma intención, a la ciudad de Jerusalén se le denominó Aelia Capitolina.
Mucho más cercana a nosotros, los mexicanos, está la sorprendente decisión de la alcaldesa de Tultitlán, Estado de México, de bautizar a la colonia El Paraje con el nombre de La Cuarta Transformación, eliminando además nomenclaturas de calles diversas para imponerles nombres como Me canso ganzo (sic), Tren Maya, Pensión para el bienestar y varias otras denominaciones acuñadas a partir de esa misma trasnochada inspiración. En este caso, tal arbitrariedad sorprendió por su desfachatez y su soberbia ya que evidenciaba hasta qué grado dentro de las filas morenistas existe la convicción de estar en una posición de poder tan apabullante como para imponer tamaña ridiculez. Las folclóricas ocurrencias del general Santa Anna en el siglo XIX han sido, sin duda, superadas por las que están teniendo que padecer los habitantes de la citada colonia mexiquense.
Y como en todos lados se cuecen habas, acaba de presentarse una situación similar en Oriente Medio. Se trata de algo ocurrido en Teherán, la capital iraní, donde la semana pasada la municipalidad decidió anular el nombre de la calle Behistun, para imponerle el de Mártir Yahya Sinwar. El apelativo Behistun corresponde a un monte del oeste iraní donde se ubican tesoros arqueológicos del antiguo imperio persa en la época de Darío, allá por el siglo VI a. C., sitio declarado por la Unesco patrimonio histórico de la humanidad. La indignación de buena parte de la sociedad civil iraní por querer encumbrar a un líder como Yahya Sinwar, máximo jefe terrorista de Hamás y responsable de decenas de miles de muertes se desató de inmediato. No sólo porque a ojos de muchos Sinwar no es definitivamente ningún héroe, sino también porque les es inaceptable la pretensión de eliminar un nombre ligado al esplendor de la cultura persa preislámica, de la que se enorgullecen los iraníes conscientes de la riqueza de ese gran periodo en el que florecieron las artes, la ciencia y la cultura en general.
El final de esta breve historia ha sido que la municipalidad se vio forzada a dar marcha atrás en su pretensión de darle a Sinwar el honor de tener una calle a su nombre en Teherán. Este rápido éxito de la protesta pública ha sorprendido, sin duda, pero coincide con otros cambios que pueden parecer sutiles, aunque son ciertamente significativos. Se trata de que diversas autoridades tradicionalmente inflexibles han decidido también en estos días no poner en práctica medidas más agresivas relacionadas con la obligación de las mujeres de cubrir su cabellera mediante el hijab, medidas que ya estaban aprobadas, e igualmente eliminaron al mismo tiempo varias de las restricciones existentes para los servicios de WhatsApp y Google Play.
Esos cambios aparecieron justo tras el derrocamiento de la dictadura de Bashar al Assad en Siria, socio estrecho del gobierno iraní, por lo que se puede especular que el régimen de Teherán está poniendo sus barbas a remojar ante lo ocurrido en Siria. De hecho, está pasando por muy malos tiempos. Su economía se halla en una crisis profunda; su proxy Hezbolá ha sufrido una descomunal pérdida de poder tras su conflicto con Israel; y Putin, ocupado con Ucrania, ha dejado desamparados a sus pupilos en Oriente Medio, mientras en el horizonte internacional despunta un escenario incierto ante la próxima toma de la presidencia norteamericana por Trump. Explicable, pues, el nerviosismo actual del establishment político iraní.
