Biden e Israel

El presidente de EU siempre criticó con dureza la reforma judicial que pretendió impulsar el gobierno extremista y ultranacionalista de Netanyahu.

El presidente Biden estuvo en Israel el miércoles pasado en una visita relámpago. La agenda prevista tuvo cambios de última hora, ya que los programados encuentros con el rey Abdalah de Jordania, el presidente egipcio Al-Sissi y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, fueron cancelados por esos tres mandatarios debido al ataque un día antes al hospital Al-Ahli en la ciudad de Gaza, en el que hubo numerosas víctimas mortales. A pesar de que después de esa terrible explosión se comprobó que el proyectil que la ocasionó no provenía de Israel, sino que fue producto de un lanzamiento fallido de la Jihad Islámica que opera en Gaza, la indignación provocada por la primera versión de los hechos en el mundo árabe les obligó a rehusarse a ver al presidente de Estados Unidos.

La visita de Biden a Israel y su reunión con quienes dirigen la campaña militar contra Hamás, constituyó una muestra más del apoyo irrestricto del gobierno norteamericano a este país tras los brutales ataques con miles de proyectiles y terroristas infiltrados, ávidos de sangre, que el 7 de octubre asesinaron a sangre fría a 1,300 personas, hirieron a cerca de tres mil y secuestraron a doscientos civiles y militares hasta ahora en calidad de rehenes. Frente esa sorpresiva ofensiva lanzada contra gente de todas las edades y condiciones, la respuesta israelí no se hizo esperar. La guerra fue declarada e iniciada, y, ante tal escenario, Biden apareció como un actor comprometido resueltamente con el combate al terrorismo y la seguridad de Israel.

Aunque la relación de Biden con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu había sido áspera desde que éste inició su gestión en diciembre pasado, la postura del mandatario norteamericano fue de completa y firme solidaridad. Una solidaridad producto de una empatía sincera hacia Israel de larga data, pero también relacionada con la configuración política del mapa regional en el que el régimen iraní, virulentamente antiisraelí, es quien arma y financia al Hamás, al cual usa como uno de sus proxis. Por tanto, contrarrestar a ese brazo armado de Irán le es importante, tanto como lo es impedir que el otro brazo, Hezbolá, con sede en Líbano, se sume al conflicto en curso y la guerra se extienda aún más.

De ahí también la decisión de Biden de enviar dos gigantescos portaviones al Mediterráneo oriental y de suplir a Israel de municiones y pertrechos militares necesarios en esta hora de emergencia. A partir de esas acciones, el mensaje a Hezbolá e Irán fue claro: no se atrevan a sumarse al ataque contra Israel.

Los discursos de Biden hacia los israelíes fueron especialmente emotivos, no obstante los profundos desacuerdos y tensiones que la administración de Washington ha tenido con el gobierno de Netanyahu a lo largo de este año. Biden siempre criticó con dureza la reforma judicial que pretendió impulsar el gobierno extremista y ultranacionalista del mandatario israelí, y discrepaba desde tiempo atrás de las posturas de éste en una serie de temas entre los que figuraba, desde luego, el rechazo de Netanyahu a la fórmula de “dos Estados, dos pueblos” como solución a la legítima demanda palestina de independencia.

Más allá de la dura política, los dichos y hechos de Biden en las últimas dos semanas han sido una especie de bálsamo para la herida población israelí. Ante el trauma colectivo y el horror de los cuerpos quemados y degollados, ante ese pogrom que rememora escenas trágicas de tiempos pasados, el pueblo israelí se sintió confortado, como si ante la ineptitud y el fracaso de su gobierno en protegerlo como debía, y sintiéndose en orfandad, Biden apareciera ahí como el adulto responsable, la figura que de alguna manera restauraba la confianza de que la sobrevivencia está asegurada.

Desde luego que la injerencia de Biden en esta guerra le proporciona a EU un reposicionamiento como potencia de relevancia en la zona, de cara a los avances que en ese sentido han conseguido Rusia y China. Pero también su férrea solidaridad con Israel y la ayuda brindada en estos momentos le dan a Biden la facultad y autoridad de plantearle al gabinete de guerra israelí la necesidad de tener un plan para abordar el tema de Gaza más allá del corto plazo, lo mismo que de tratar de respetar lo más posible la vida e integridad de la población civil gazatí. La injerencia de Biden en la coyuntura actual representa, en estos momentos, sin duda, un elemento de apoyo a Israel y una advertencia a los enemigos de éste, pero también una presión para impedirle excesos en su ofensiva militar.

P.D. Durante la era Trump, éste ganó las simpatías de una mayoría de los israelíes por una serie de decisiones y actos que hoy serían evaluados de manera distinta. Seguramente, a partir de ahora, Biden ha desplazado a su rival político en cuestión de popularidad en Israel. Las opiniones y comentarios del republicano respecto a la crisis actual no podían ser más simplones y lamentables.

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