Agenda común de organizaciones terroristas

Ante la descomposición y el fracaso de muchos de los proyectos nacionales árabes y musulmanes después de la Segunda Guerra Mundial, el islam radical fue cobrando vigor.

El mundo musulmán es muy extenso. Comprende 57 naciones que así se definen, de acuerdo con su composición demográfica, teñida casi totalmente de esa identidad religiosa y cultural. Mil quinientos millones de personas a las que se agregan las minorías islámicas dispersas en el resto del planeta. Sólo una pequeña parte de esa población ha abrazado el islam radical, cuya agenda se basa en el objetivo primordial de expandir universalmente su fe mediante la conversión o la eliminación de los infieles, es decir, todos aquellos que no coinciden con su visión de cuál es la única verdad y el verdadero Dios. Esa pequeña porción de islamistas radicales no representa a todo el islam, pero aún así, está siendo capaz de imponer su agenda con consecuencias desastrosas para la estabilidad y la convivencia pacífica en nuestro mundo.

El origen de tal postura radical puede localizarse a fines de la década de los años 20 del siglo pasado con el surgimiento en Egipto de una organización que adoptó el nombre de Hermandad Musulmana. Un pensador llamado Sayyid Qutb aportó las bases conceptuales del movimiento, y un activista, Hassan al Banna, inició la campaña para ganar adeptos y emprender la tarea de retomar las bases o fundamentos de una práctica islámica como presuntamente se había dado en la época del profeta Mahoma en el siglo VII de nuestra era. Qutb terminó ahorcado en Egipto en 1966 acusado de conspirar contra el presidente Nasser, y Hasan al Banna fue asesinado en 1949 por la monarquía egipcia, en el marco de la represión a la corriente que él representaba.

Sin embargo, ese movimiento fundamentalista siguió avanzando. Su misión de retomar e imponer el islam original regido por la sharía o ley islámica, explícitamente enfatizaba que para ello debía emprenderse también una guerra total contra los valores del mundo occidental moderno que habían corrompido incluso a sus propios correligionarios musulmanes. Ante la descomposición y el fracaso de muchos de los proyectos nacionales árabes y musulmanes después de la Segunda Guerra Mundial, el islam radical fue cobrando vigor. En el entorno musulmán chiita, Irán adoptó ese modelo tras el derrocamiento del régimen del sha en 1979, y poco después, en la década de los 80, el Hezbolá libanés, chiita también y apadrinado por Teherán, inició su fortalecimiento.

En el entorno musulmán sunnita hubo un desarrollo paralelo. Surgieron movimientos diversos afiliados a esa misma ideología. Tal fue el caso de Bin Laden a la cabeza de Al Qaeda, cuyos actos terroristas son bien conocidos. El terrorismo como modus operandi fue, desde un principio, el instrumento preferido para lograr su objetivo de islamizar al mundo y fundar un califato universal.

Las semillas de esa concepción fructificaron en diversos lugares. Al Qaeda convulsionó al mundo del naciente siglo XXI, aunque ya desde antes de septiembre 11 de 2001, el terrorismo islamista había golpeado con saña. En 1992 mediante un atentado suicida, armado por Irán y Hezbolá, se explotó la sede de la embajada israelí en Buenos Aires, y dos años después se perpetró una brutal acción similar contra el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). El saldo de tales actos fue de casi un centenar de víctimas mortales.

La lista de subsecuentes atentados en una diversidad de lugares es tan extensa que no cabría en este espacio. Londres, Madrid, París y varias capitales europeas más los han sufrido, al igual que un buen número de países árabes como Irak, Líbano y Arabia Saudita misma. Somalia ha padecido por décadas las actividades terroristas de la agrupación Al Shabab, especializada en piratería, secuestros y asesinatos bajo la consigna de estar luchando en nombre de Dios. Las células de ese agresivo islamismo radical también se expandieron entre población musulmana no árabe, como en Nigeria. Ahí, la organización Boko Haram asesina y secuestra civiles frecuentemente. Recuérdese el secuestro de 279 niñas por ese grupo en 2014, además de muchas atrocidades más.

La organización palestina Hamás comparte con las arriba mencionadas la misma agenda básica. Las diferencias existentes entre ellas se deben a los distintos entornos en los que actúan, pero es bien claro que el motor fundamental de sus actos terroristas es la férrea convicción religiosa, plena de fanatismo, de que hay que limpiar al mundo de infieles. Asumir que Hamás es distinto porque el pueblo palestino no ha conseguido hacerse de un Estado nacional independiente, es un error. Para Hamás el sufrimiento palestino no le es ni prioritario, ni importante. Lo que le interesa es acabar con la existencia de Israel y los siete millones de judíos que ahí habitan, Su misión declarada es islamizar, tal como lo corean sus adeptos, “desde el río hasta el mar”.

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