A lo largo de los tres años que han transcurrido desde el brutal ataque del Hamás palestino a Israel que en un solo día cobró 1,200 víctimas mortales y 251 secuestrados, he comentado en mis columnas semanales no solamente el horror de aquel día, sino desde luego lo que desencadenó: una guerra que aún no termina, en la que la población palestina de Gaza, rehén del fanatismo islamista y de la tiranía del Hamás, sufrió la pérdida de decenas de miles de vidas y toda la serie de penurias que se viven en situaciones de una guerra como ésa. El Hamás mostró ese 7 de octubre que se mantenía apegado a lo establecido en su carta fundacional: la destrucción del Estado de Israel y la eliminación de los judíos de ese espacio del cual sólo los musulmanes deben de ser los poseedores legítimos.
A partir de esa fecha se registró una imparable reacción en cadena que alteró dramáticamente el equilibrio de fuerzas y la realidad regional. El Hezbolá libanés se sumó el 8 de octubre a la ofensiva antiisraelí, y al poco tiempo tanto Irán como los hutíes de Yemen, ingresaron en la contienda. Como efecto colateral a esa vorágine de acontecimientos, el régimen dictatorial de Siria con más de medio siglo de tiranía de los Assad se derrumbó, luego de una guerra civil de 11 años que cobró medio millón de muertos y cinco millones de desplazados que huyeron a donde les fue posible.
Pero más allá de las volteretas que siguieron registrándose en la confrontación entre todos esos actores, hubo también repercusiones extrarregionales peculiares prácticamente en el mundo entero. Desde el 8 de octubre de 2023 comenzaron a aparecer en catarata las manifestaciones de apoyo al pueblo palestino y al Hamás, y de condena y descalificación absolutas a Israel y a su legitimidad como Estado entre las naciones. El nacionalismo del pueblo judío, semejante a cualquier otro nacionalismo, bautizado desde fines del siglo XIX con el término de “sionismo”, pasó a ser objeto de definiciones manipuladas mediante la maquinaria de la propaganda y de las redes sociales, atribuyéndole objetivos cuasi satánicos, propios más bien de modelos medievales o fascistoides. Ese proceso fue acompañado por la acusación sin ambages a Israel de genocidio, generando una especie de tsunami mundial de condenas al Estado hebreo en niveles no vistos para ningún otro de los conflictos y guerras que en tantos lugares hoy mismo alcanzan niveles de horror y crueldad indescriptibles.
El estallido de esa furia internacional tan abierta hacia Israel automáticamente desplegó los tentáculos responsables de la intensidad con la que el antisemitismo se ha extendido globalmente en la actualidad. A pesar de que la población judía total en el mundo es tan sólo de 16 millones (una mitad en Israel y la otra fuera de él), los movimientos antisemitas han proliferado como si “el problema judío” fuera el desafío central para la humanidad entera. A diario hay reportes de cómo la violencia antijudía parece haber recibido permiso para manifestarse cada vez con más libertad y desfachatez. Las abundantes teorías de la conspiración que circulan en las redes sociales son elocuentes de las aberraciones a las que se está llegando. En ese contexto, no es casual, por ejemplo, que el frustrado intento de derribo por un terrorista islámico del vuelo de AirDubai la semana pasada, fuera descalificado de forma inmediata como un montaje astuto del gobierno israelí para beneficio de sus intereses.
El pueblo judío, como extensión natural de Israel, vuelve a ser hoy objeto de la hostilidad, los prejuicios y los estereotipos que facilitaron la persecución, las matanzas, las expulsiones masivas y finalmente, el proyecto de exterminio nazi durante la segunda guerra mundial. Así como el judío sin patria fue a lo largo de dos mil años de exilio el “otro” por excelencia y el chivo expiatorio predilecto para explicar plagas, tragedias y desgracias, hoy Israel y los judíos vuelven a encarnar ese mismo papel a ojos de millones de personas que por convicción, o simple ignorancia y borreguismo, reaccionan seducidos por la creencia de que en los judíos y su Estado surgido tras dos mil años de exilio, se halla la raíz de los males que como humanidad nos aquejan.
En medios mexicanos se han registrado diversas condenas a las expresiones y actos antisemitas que también aquí ocurren, sólo que sus voceros a menudo no parecen captar que la insistente y machacona demonización y deslegitimación de Israel en que ellos mismos han caído, es la plataforma ideal para que ese pernicioso antisemitismo siga en aumento.
