Programas, no denuestos
Todos los días, a cualquier hora, uno se encuentra en las redes sociales con difamaciones y denigraciones del opositor, sea quien sea. ¿En serio creen que con esto va a mejorar la democracia en México?
En un artículo muy interesante en la revista francesa L’OBS, Nicolas Colin señala la gran diferencia que hay actualmente en nuestras sociedades con respecto al pasado. Pone el ejemplo de la famosa empresa Standard Oil, fundada por John D. Rockefeller en el año 1870, misma que poco a poco se fue integrando verticalmente hasta convertirse en dominante, obligando al presidente Theodore Roosevelt a aplicar quizá la más exitosa operación antimonopolios de ese país.
La partición de la empresa en 1911 produjo el nacimiento de las grandes compañías petroleras que hoy conocemos, la mayoría estadunidenses, y fue la plataforma del crecimiento de la economía, al nacer la industria del automóvil con base en la gasolina barata.
El señor Colin se pregunta en el artículo cuál puede ser hoy el equivalente al petróleo en la llamada economía numérica. Y responde que desde 2012 él y Henri Verdier argumentaron que es simple y llanamente la multitud; millones de individuos perfectamente conectados y que utilizan todos los días las aplicaciones en sus computadoras, teléfonos celulares y demás dispositivos electrónicos. Y al igual que el petróleo a principios del siglo pasado, en la actualidad esta economía numérica tiene un crecimiento exponencial.
Pero hay una gran diferencia entre la economía del petróleo y la economía numérica, y creo que es lo más importante del artículo, se refiere al papel del Estado. En la primera, eran los gobiernos los que controlaban el acceso a las reservas petroleras y las daban en concesión y en la segunda, el Estado no puede controlar a la multitud de individuos que utilizando y siendo utilizados como clientes por Google, Amazon, Alibaba, etcétera, quienes se apropian y extraen recursos de esta multitud a través de todos los mercados y servicios que crean y que hasta ahora no han podido ser gobernados por los Estados nacionales.
Lo anterior me permite comentar que ahora que estamos en los inicios de las campañas electorales, por más que la autoridad quiera controlar la información y darle orden y concierto, será imposible, ya que las redes sociales van a ser un factor fundamental y se van a utilizar como en ninguna otra campaña, de buena o de mala fe.
No han iniciado formalmente las campañas y ya estamos inundados de todo tipo de comentarios, videos, fotos o “memes”, en su mayoría denigrando a tal o cual candidato, ninguno se salva, y tal como ha sido demostrado hasta la saciedad, esto es producto de equipos bien organizados en el gobierno en turno o en los mismos partidos políticos, que se dedican a propalar la denominada guerra sucia para demostrar, muchas veces con mentiras, lo pésimo y corrupto que es el candidato opositor.
Lo que deberían tomar en cuenta los dirigentes partidistas y los candidatos es que por primera vez millones de jóvenes pueden asistir a las urnas y tendrían que ser lo suficientemente responsables para orientar a estos jóvenes en lo que significa la democracia y la importancia de su participación, y convencerlos a través de sus plataformas y programas de trabajo y no con base en tuits.
Sin embargo, lo que está pasando es todo lo contrario; todos los días, a cualquier hora, se encuentra uno en las redes sociales con difamaciones y denigraciones del opositor, sea quien sea. ¿En serio creen que con esto va a mejorar la democracia en México?
Y como bien dice Nicolas Colin, en la actualidad es poco, aunque quisieran, lo que pueden hacer los gobiernos para detener esta situación. Deben ser los propios partidos políticos los que se responsabilicen y le den altura a la discusión y, como he mencionado, deben tomar en cuenta a los jóvenes para fomentar en ellos el respeto a la política y el interés en ella.
Si no lo hacen, lo único que van a provocar, aparte de un espectáculo lamentable, es el alejamiento de las futuras generaciones y el desinterés por la democracia. Todavía están a tiempo de hacerlo, las campañas no han iniciado oficialmente y se podría abandonar el denuesto como el elemento fundamental de convencimiento.
