Tiempo público, tiempo privado
Los tiempos del ciudadano no son ni tendrían que ser los tiempos de la política, donde el reloj puede avanzar muy rápido, lentamente e incluso detenerse. La mayoría de la población asume la existencia en otro ritmo, menos tóxico por cierto. En el ámbito federal los ...
Los tiempos del ciudadano no son ni tendrían que ser los tiempos de la política, donde el reloj puede avanzar muy rápido, lentamente e incluso detenerse. La mayoría de la población asume la existencia en otro ritmo, menos tóxico por cierto.
En el ámbito federal los tres poderes de la Unión conjugan el tiempo únicamente en sus respectivas agendas, las suyas, las que les interesa atender. La urgencia por hacer mucho o —de plano— por no dejar hacer al de enfrente ha creado un ritmo espurio que es preciso distinguir, ya que el tiempo vinculado a la política constituye un arma de doble filo.
Así, tanta iniciativa legislativa por parte de diputados y senadores para transformar este país mediante nuevas leyes o reformando las existentes, más los puntos de acuerdo, comisiones y foros de consulta también impulsados, saturan la agenda parlamentaria y en consecuencia la inmovilizan, mientras que el ritmo acelerado del Ejecutivo termina por asfixiarla. El Poder Judicial igualmente acelera esta atmósfera al buscarse inmolar desde una autonomía digna que antes nunca le pareció importante definir. Confrontados entre sí, los tres poderes de la Unión le imprimen a este país una marcha forzada innecesariamente, por más que detrás de cada iniciativa o decisión política se pretenda el beneficio social.
Gobernar este país desde la urgencia, invariablemente, deriva en una gestión fracasada y de paso contamina. No es mejor quien quiere hacer mucho sino quien se propone hacer las cosas posibles pero bien hechas.
La obsesión por liberar instrumentos jurídicos imposibles de aplicar, el compromiso de hacerlo todo en poco tiempo, pero particularmente con poquitos recursos, no solo es demagógico, también proyecta un dejo de desprecio e incluso invasión respecto del tiempo de la nación, que definitivamente no es el tiempo de los políticos, por más reformistas que pretendan asumirse.
Pero no solo el tiempo, a la verdad también se le está moldeando desde el actual discurso sea oficial u opositor. Invadidos por la lógica de la posverdad, los hechos pueden con facilidad construirse y deconstruirse de tal manera que generan discurso en lugar de certidumbre.
Lo patético en este entramado es que muchos políticos aspiran a inmortalizarse como Dios les da a entender. No se percatan que fuera del entorno asociado al poder el tiempo transcurre de otra manera, en un ritmo donde su oficio queda relegado por falso, oportunista y ruin. No entienden que la eternidad es, como refirió Jorge Luis Borges, un artificio, un juego o a lo mucho una fatigada esperanza.
Para el ensayista argentino la eternidad no es otra cosa que nuestra incapacidad natural de concebirle principio al tiempo. ¿En qué fecha, con qué discurso o declaración inició este proceso que busca emanciparnos de lo que somos? Aunque las anotaciones de Borges respecto de la eternidad son conceptuales, su reflexión resulta hoy pertinente porque quienes buscan el cobijo de la inmortalidad política deben primero dimensionar el alcance del tiempo, de su tiempo y de su circunstancia.
México recibirá el año 2019 como río revuelto, pero sin pescadores porque los políticos están tratando de reconfigurar el tiempo para insertarse en eso que seguimos llamando "historia". El logotipo institucional con las efigies de algunos personajes fundantes de nuestra república rebela que, nuevamente, la crónica nacional está sometida a la interpretación ideologizada.
En 1928, Borges delineó su visión de la eternidad en un pequeño texto titulado Sentirse en muerte, donde la desacraliza. Para el afamado escritor el destello por el cual comprendió en su dimensión la eternidad fue luego de mirar una pared rosada que derramaba luz íntima, idéntica a una experiencia vivida 30 años atrás, en realidad el momento de su nacimiento: "me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo… me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad".
Y esa es la clave que ayuda a comprender el despropósito de la política mexicana, que busca trascenderse en la etérea noción de la perennidad. El mensaje es nítido: para permanecer hay que desvincularse del tiempo.
Si la eternidad comprendida como la simultaneidad de todos los tiempos (pasado, presente y futuro) se convierte en aspiración política pobre país este que habitamos, obligados a perdurar con quienes se empecinan en gobernar.
Referencia:
- Borges, Jorge Luis. Historia de la eternidad. Ed. Penguin Random House, 2011, México.
