Obligados a mentir
¿La mentira es necesaria? En México sí. Todos hemos mentido y seguiremos haciéndolo mientras la sociedad esté articulada sobre valores, códigos, directrices, normas y leyes que obligan a mentir. Empleamos ese recurso cuando llegamos tarde a una cita o al trabajo, ...
¿La mentira es necesaria? En México sí. Todos hemos mentido y seguiremos haciéndolo mientras la sociedad esté articulada sobre valores, códigos, directrices, normas y leyes que obligan a mentir.
Empleamos ese recurso cuando llegamos tarde a una cita o al trabajo, también lo hacemos sobre nuestro estado de salud, nuestros ingresos, nuestra formación escolar, nuestro estado civil e incluso sobre nuestros sentimientos y preferencias sexuales. La conseja popular es contundente: si expresar sentimientos y conocimientos genera problemas se recomienda callar, contar las cosas de forma parcial o simplemente mentir.
Nuestro país no ha sustentado su historia ni su desarrollo sobre la verdad, primero porque ésta es inasible e incluso subjetiva, pero sobre todo porque hemos cultivado una sociedad donde la verdad es rechazada, particularmente por quienes tienen autoridad o cualquier forma de poder.
Esquivar las consecuencias que provoca el peso de la verdad, sea en la expresión de sentimientos, la descripción de sucesos o la identificación de problemas estructurales, es algo que se aprende desde la niñez. A quien mentimos por vez primera es a nuestra madre y a toda figura de autoridad. En la vida adulta este recurso es efectivo cuando se busca trabajo y cuando se trata de obtener un contrato de vivienda o de crédito.
Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de mentir? De acuerdo al diccionario de la Real Academia Española (RAE) mentir tiene el propósito de “decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa”. Si lo que se piensa es objeto de molestia, si lo que se cree genera confrontación, si lo que se sabe no debe decirse, entones solo queda el recurso del silencio o de la mentira.
Y lo anterior es muy distinto al engaño. También la RAE acota el sentido de esa palabra. Engañar es “hacer creer a alguien que algo falso es verdadero”. Quienes mienten bajo la presión de reglas verticales de autoridad no han querido engañar. Por el contrario, la mentira ha estado asociada en mayor proporción a quienes han acumulado privilegios. Eso es lo que se debe subrayar.
En 1978 Sissela Bok, filósofa y etnicista sueca, publicó un volumen planteando de forma detallada el conflicto moral que representa la mentira en una amplia relación de actividades cotidianas. Lo importante, alertaba, es que la pregunta moral de si se está mintiendo o no requiere superar la disyuntiva de si es verdad o falsedad lo que se dice; lo importante es centrarse en el hecho concreto de si se ha buscado engañar. Y vaya que tenía razón, porque también se puede engañar con la verdad.
Por otro lado, igualmente es cierto que la verdad “a bocajarro” necesita matizarse. Bok señala que decir o escuchar la verdad puede generar malestar y cita como ejemplos al padre que bombardea con críticas a sus hijos o el médico que sacude a un paciente no sensibilizado con noticias desalentadoras. No se trata, aclara la académica sueca, de entrar en la disyuntiva sobre si mentir puede ser mejor que la verdad seca y directa o si ésta última siempre es mejor por algún prurito de tipo religioso o moral. De lo que se trata -añade- es de aplicar criterios para discernir sobre lo que es y no es impertinente y perjudicial cuando hay que decir algo.
Mentir en condiciones adversas es muy distinto a mentir con la intención de engañar, de manipular, de sembrar odios o temores. La diferencia es abismal. No es igual decir la verdad de forma asertiva a decirla con la intención de herir o manipular.
De ninguna manera se está diciendo aquí que la mentira sea mejor que la verdad. Lo que se plantea es que la mentira existe y se sostiene porque hay disposiciones culturalmente establecidas que la estimulan, porque la sinceridad y la verdad derivadas de lo que se sabe, se cree o se siente con frecuencia provocan sanciones. Vivimos en dinámicas estructuralmente tejidas en todos los niveles de la vida que estimulan el ocultamiento de la verdad. Además, la verdad también provoca burlas o se usa para chantajear e incluso para violentar.
Es entonces que aparecen las paradojas. Llega a ser más creíble una mentira que una verdad. ¿Qué puede esperar una autoridad en el ámbito laboral, educativo o familiar, incluso en la política, si no tolera la verdad? Pues mentiras, eso es lo que tendrá en su entorno.
Muchas veces la verdad paraliza y su ocultamiento moviliza sociedades completas. Como especie, la mentira nos ha permitido sobrevivir, particularmente en entornos donde la verdad alcanza un nivel subversivo. En las instituciones, organizaciones y órganos de gobierno se sanciona a quien piensa diferente, a quien dice lo que sabe y a quien cree otras cosas. Si no se respeta el disenso, ¿por qué puede esperarse que la gente deje de mentir?
Referencia
- Bok, Sissela. “Mentir. La elección moral en la vida pública y privada”. Traducción de Laura E. Manríquez. Ed. UNAM/FCE, 2010, México.
