Insultos homofóbicos

Los insultos homofóbicos ofenden y a veces lastiman más que la violencia física. A fines de los años setenta, el Movimiento de Liberación Homosexual intentó apropiárselos para resignificarlos como estrategia de resistencia. Cuarenta y cinco años después de aquella ...

Los insultos homofóbicos ofenden y a veces lastiman más que la violencia física. A fines de los años setenta, el Movimiento de Liberación Homosexual intentó apropiárselos para resignificarlos como estrategia de resistencia.

Cuarenta y cinco años después de aquella singular iniciativa, los términos despectivos no solo no desaparecieron, permanecen vigentes e incluso han brotado nuevas expresiones con el propósito de denigrar y amedrentar la creciente visibilidad de las sexualidades disidentes.

El empresario Ricardo Salinas Pliego usa con frecuencia la expresión “muerde almohadas” para descalificar a sus críticos si supone que son homosexuales. En la jerga política se llama “maricón”, “afeminado”, “puto”, “degenerado” o “invertido” a los legisladores o dirigentes políticos si son adversarios y ni qué más decir de las expresiones estigmatizadoras en las redes sociales. En los crímenes por odio son frecuentes los mensajes donde se advierte que la víctima murió por su comportamiento “antinatura”.

Pero, ¿qué hay detrás de estos insultos? Juan Jacobo Hernández Chávez, uno de los fundadores del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria en 1978, ha señalado: “la mayoría, si no es que todos los homosexuales, hemos sido descritos por otros que no lo son con palabras, motes o apodos cuyo propósito es convertirnos en personas minusvaloradas socialmente, objeto de burla y humillación pública. Esas palabras se han utilizado y se utilizan como demostración de fuerza, superioridad y dominio por quienes están convencidos de que la suya -es decir, la sexualidad heterosexual- es la única válida y respetable”.

El lenguaje de opresión resulta basto y popular, tanto que casi todas las expresiones de mofa y oprobio aparecen integradas a los diccionarios de la lengua española, de modismos y mexicanismos. Sí, el insulto es parte del vocabulario institucionalizado en nuestra sociedad. Algunos pequeños ejemplos:

  1. El Diccionario del Español Usual en México (Colegio de México, 1996) define “marica” literalmente como hombre afeminado u homosexual y “maricón” como homosexual de modales y gustos afeminados.
  2. El Diccionario de Modismos Mexicanos (de Jorge García-Robles, 2012) define al “cacha granizo” como homosexual. Y la expresión “mula” incluye la descripción de homosexual sexualmente pasivo.
  3. El Breve Diccionario de Mexicanismos (de Guido Gómez de Silva, 2012) define “joto” como afeminado y homosexual. Y “jotón” como muy joto, visiblemente afeminado.

¿Qué se puede hacer para enfrentar estos insultos cuando están reconocidos en sus acepciones lingüísticas a pesar de su carga homofófica”? Hernández Chávez y otros dirigentes del FARH como Rafael Manrique, buscaron confrontar este lenguaje de opresión mediante un recurso de apropiación y con ello de resignificación. Por eso en las primeras marchas de liberación homosexual las consignas retomaron el insulto para reivindicarlo: “¡Soy joto... y qué!”.

Ante la imposibilidad de detener la violencia verbal, aquellos líderes también se propusieron dotarla de nuevo significado mediante una “alquimia íntima que transforma al insulto en simple descripción inocua”, con la intención de dar paso a su reinterpretación. Para Xavier Lizárraga, antropólogo e igualmente impulsor de la lucha por la reivindicación homosexual, esta estrategia contracultural supone cambiar el sentido y dirección de los insultos para reducir su capacidad de daño. De ahí -señala- la trascendencia de resignificar insultos, frecuentemente desde su abordaje juguetón si no es que críptico.

Pero a pesar del empeño de los activistas gays de los años setenta y ochenta, persiste el lenguaje que descalifica y violenta la homosexualidad. No solo es el grito de puto en los estadios de futbol, sino también son los insultos proferidos en contra de las diferentes expresiones de la diversidad sexual. Las lesbianas y las mujeres trans han sido y siguen siendo igualmente violentadas por estas expresiones de odio.

Por eso resulta recomendable leer el libro “Locabulario, lenguaje y opresión”, donde se ofrece la descripción e incluso el origen de varios adjetivos homofóbicos, así como un apéndice de un libro más grande (Los Jotos, 2013) que tiene el mérito de ubicar año e incluso el siglo de registro de muchos insultos, ya que éstos aparecieron durante la colonia española. Un diccionario antiguo citado por el activista Jaime Cobián documenta que en 1726 la expresión “afeminado” ya era muy usada.

Si hay insultos homofóbicos es porque el machismo como ideología de odio y misoginia sigue impune. Pero como dice Lizárraga: “el lenguaje es mucho más que un arsenal de palabras”; por ello es necesario abordarlo como cimiento de lo que se piensa, se siente y se quiere expresar, pero no necesariamente para disputar la propiedad y el significado de la ofensa, sino para proyectar aquello que realmente importa tratándose de la construcción de identidades sexuales no convencionales.

¿Qué insultos merecen la pena reinterpretarse y cuáles no? ¿Qué insultos son indispensables para cuidar el pulso homoerótico? Quizá ninguno, pero ese es apenas un debate que necesita abrirse.

Referencias

  • Hernandez Chavez, Juan Jacobo et al. “Locabulario, Lenguaje y Opresión”. Colección Arcoiris, volumen 2. Ed. Colectivo Sol/Universidad Autónoma Metropolitana, 2022, México.
  • Cobián, Jaime. “Los Jotos. Cronología y diccionario”. Ed. Prometeo Editores, 2013, Guadalajara.

@luismanuelarell

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