Hurgar en el cielo
El vertiginoso desarrollo de la astronomía permite redimensionar al coloquialmente llamado “firmamento de estrellas” para visualizar un cielo limpio, despojado de los seres ficticios creados por el cristianismo. La profusa difusión de imágenes sobre astros y ...
El vertiginoso desarrollo de la astronomía permite redimensionar al coloquialmente llamado “firmamento de estrellas” para visualizar un cielo limpio, despojado de los seres ficticios creados por el cristianismo.
La profusa difusión de imágenes sobre astros y constelaciones captadas a millones de años luz de distancia, mediante los potentes telescopios y sondas espaciales, ha terminado por asfixiar la ortodoxia religiosa que durante casi dos siglos buscó proyectarse como intermediaria de una bóveda celeste habitada por dioses, ángeles, querubines, vírgenes y tronos.
Michel Onfray ubica el sentido utilitario del proceso por el cual el cristianismo construyó un paraíso por encima de la Tierra y lo ofreció a cambio de sacrificios y redención. Ese cielo –señala- “se le ofrece a quienquiera que haga de su vida una duplicación de la de Jesucristo”. Por eso ese lugar “está lleno de mártires de cuerpos desgarrados, desmembrados, decapitados, quemados, etc.”.
El filósofo francés es directo en sus aseveraciones: “lo que hace la apologética cristiana es invitar a vivir sin cuerpo, sin carne, sin deseo, sin necesidad de vivir o de comer, sin libido, sin todo lo que hace la vida corporal de cada uno. El cielo es una antitierra; su población, una contranatura”.
Estas afirmaciones parecerían temerarias, particularmente porque en la opinión pública se han omitido los procesos que hicieron del cristianismo una potencia terrenal en violenta expansión. De ahí que Onfray tenga tanta vigencia. Otra cita:
“Mientras los teólogos refinan ese cielo lleno de fantasmas, los científicos escrutan la bóveda estrellada y solo encuentran astros que giran sobre sus órbitas, planetas en movimiento ordenado, estrellas titilantes. La práctica de la astronomía y la voluntad científica vacían el cielo cristiano como una bañera llena de agua residual. La física es una antimetafísica; permite una ontología material. La iglesia condena a los hombres de ciencia que se atreven a decir que el cielo es lo que es: un vasto espacio para sublimes bólidos de materia. La prisión, la hoguera, la persecución, el proceso se abaten sobre quienes encuentran el cosmos pagano bajo el cosmos cristiano”.
Además del antifaz ideológico que el cristianismo impuso en nuestra mirada, existen otras barreras que complican lo que debería ser el sencillo ejercicio de observar el cielo, como lo hacían nuestros ancestros. Esos diques son las estelas de luces y contaminación con que la industrialización ha tapizado la atmósfera de las ciudades. Con esas cortinas, en nada ayuda a la Ciudad de México la altura de 2, 240 metros sobre el nivel del mar cuando se trata de apreciar los llamados fenómenos astronómicos.
Por ello, para apreciar las lluvias de estrellas, los eclipses, el alineamiento de planetas, el paso de satélites y la plenitud de la Vía Láctea resulta casi obligado viajar a los lugares más apartados del bullicio citadino y de las urbes de concreto.
Mirar al cielo adquiere sentido si también se resignifica. Hay que superar el romanticismo con el cual dicho vocablo es empleado en la literatura o en las relaciones amorosas, para dimensionarlo como lo que es: una esfera celeste alrededor del planeta y por ello también bisagra con el cosmos. Pero si lo vamos a hacer, hay que intentarlo con los pies firmes, sin la tentación de lo que Onfray denomina jerarquía de extraterritorialidad ontológica, que aparece cuando el hombre se sitúa en la cubre de la creación.
Nuevamente cito al pensador francés. “Una parte de la historia de la filosofía ha tratado de justificar esta extraterritorialidad: los idealistas, los espiritualistas, los dualistas y, evidentemente, los cristianos”. Pero otra, advierte, vio el cosmos tal cual es: “no como un reservorio de ficciones sino como un mundo que obedece a las mismas leyes que lo infinitamente pequeño”.
A lo largo de su obra, Onfray ha documentado el valor de la observación milenaria de la naturaleza y del cosmos. Por ello también ha hecho alertas sobre las consecuencias de lo que llama el olvido nihilista del universo. Y vaya que la razón le asiste, dado que nuestra mirada colectiva está centrada en el consumo pero sobre todo en nuestra perspectiva narcisista, tanto corporal como intelectual.
Nuevamente cito a Onfray: “¿Cómo hallar el lugar que uno ocupa en el cosmos, en la naturaleza, en la vida, si uno vive en un mundo de motores contaminados, de luces eléctricas, de ondas solapadas, de sistemas de videos de vigilancia, de calles alquitranadas, de aceras sembradas de deyecciones de animales?”
Al final del extenso primer volumen de su trilogía “Breve enciclopedia del mundo”, el académico invita a encontrarnos en el centro de nosotros mismos, sabiendo al mismo tiempo que allí, en ese vórtice, se localiza el cosmos.
Referencia
- Onfray, Michel. “Cosmos”, traducción de Alcira Bixio. Ed. Paidós, México, 2081.
