De Navidad, Cioran y el Grinch

¿Qué pasaría si desaparece Santa Claus? ¿Los niños van a enfermar por falta de regalos? Ante la incertidumbre financiera que supone 2017, ¿es criminal hacerles ver a los pequeños que el dinero debe usarse en otros menesteres? ¿Podemos aplicar aquella conseja de ...

¿Qué pasaría si desaparece Santa Claus? ¿Los niños van a enfermar por falta de regalos? Ante la incertidumbre financiera que supone 2017, ¿es criminal hacerles ver a los pequeños que el dinero debe usarse en otros menesteres? ¿Podemos aplicar aquella conseja de “regale afecto, no lo compre”?

Fusionada la tradición cristiana con el mercado de consumo, el 25 de diciembre constituye otra de las referencias que perjudican la economía familiar. Erogación efímera que pocos se atreven a cuestionar, particularmente quienes invierten sus exiguos aguinaldos o de plano se endeudan ante una demanda construida e innecesaria de “regalos”, “juguetes”, “cenas” y otros gastos que les dejan vacíos económicos durante el primer trimestre del año nuevo.

Y es que las fiestas decembrinas pueden vivirse sin tanta escenografía, sin los efectos mediáticos de necesidades inventadas que solo las familias con ingresos decorosos o excesivos pueden darse el lujo de gozar. En México ni el Estado ni tampoco el clero hacen llamados a vivir las tradiciones desvinculadas del dinero. En este sentido se extrañan las campañas de sensibilización que hace ya muchos años impulsaba el Instituto Nacional de Consumidor, orientadas a reflexionar en el gasto innecesario.

Es una verdad que las creencias deben respetarse; no obstante, la posibilidad de generar condiciones que den sustentabilidad a la familia pasa por el necesario ahorro, la racionalidad del gasto así como la dolorosa aceptación de una verdad incómoda: la rutina de algunos usos y costumbres empobrece a los millones de hogares que viven en la informalidad, el bajo ingreso o con deudas acumuladas.

Cuestionar la Navidad tanto como el arraigo de una efeméride religiosa que exige gastar en ella, sin embargo, constituye una afrenta para relevantes sectores de la opinión pública, incapaces de revisar las consecuencias que los actos de fe pueden tener en la planeación existencial de quienes profesan alguna religión.

Por ello, me parece necesario releer algunas de las tesis del filósofo rumano Émil Cioran (1911-1995), quien en varios de sus escritos cuestionó el sentido de la existencia invitando a reflexionar qué nos habría sucedido si no hubiéramos nacido.

No estuvo en los propósitos de Cioran discutir el alumbramiento de Jesucristo, debo aclararlo. Su crítica fue más abierta y conceptual pero no por ello está desvinculada del nacimiento más relevante en la historia.

La tesis es concreta: al nacer el hombre se pierde en un marasmo de acciones y omisiones intrascendentes.

El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo”, sentenció con aplomo.

Y ese tiempo anterior -decía- es preferible, porque con el nacimiento se constituye la “fuente de lo perecedero”. Para este pensador orgánico (como le gustaba ser llamado en lugar de filósofo) la vida orienta al ser hacia un vacío similar al que lo envolvía antes de ser concebido. Un estado existencial que solo la muerte libera. Así, agraega, es que “perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir: todo”.

Vivir, por ello, significa ingresar a un paréntesis tortuoso sobre el que Cioran evita especular aunque aseguró que la felicidad y la libertad se pierden o al menos nos hipotecan por el hecho de haber nacido. De ahí que para él el punto de inflexión se localizaba no delante de nosotros con el destino inevitable de la muerte sino detrás, justo en el momento de haber visto la luz.

Por lo anterior este autor, considerado por muchos como marginal y pesimista (lo cual definitivamente no comparto), asumió que dejar de nacer es la fórmula. Una alternativa que “desgraciadamente no está al alcance de nadie” ironizaba.

Las aportaciones de Cioran abarcan distintos tópicos pero en casi todos sus libros recomendó desengañarse de la existencia, tanto social como individualmente. Sus reflexiones etiquetadas también como nihilistas versan sobre temas sensibles que incomodan y eso es precisamente lo que le hace imprescindible en la actualidad.

¿Fue Cioran un Grinch? Probablemente sí, y la suya es una crítica que hoy hace falta. Más allá de las consecuencias que conllevan invertir en una tradición tan relativamente beneficiosa para la economía familiar, hacen falta críticos y observadores de la cotidianidad absurda en la que se vive.

Referencia

Cioran, Émil. Del inconveniente de haber nacido, traducción de Esther Seligson. Ed. Taurus, 2015, México.

@LuisManuelArell

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