Ritual contemporáneo

A setenta y cinco días para que inicie el torneo más grande del planeta, la primera jornada futbolística a disputarse con 48 equipos y 104 encuentros, resulta relevante esbozar sutilmente los escenarios que estos 39 días pueden reavivar en la esfera pública, sobre todo ante un contexto que, de acuerdo con distintos postulados teóricos, parece imbuido en el individualismo y la fragmentación social. 

Este evento es un fenómeno que actúa como un potente integrador que trasciende la pantalla para convertirse en un protocolo de cohesión social. Permite una expresión simbólica de la identidad nacional, que comunicativamente se simplifica en colores, himnos y banderas, facilitando la unión de grupos sociales bajo un mismo objetivo emocional, donde las jerarquías se desvanecen y los estratos socioeconómicos parecen perder vigencia ante la fuerza de la competencia.

En la escena sociológica, algunos teóricos coinciden en que el Mundial es un “ritual contemporáneo” capaz de recuperar de modo temporal la experiencia colectiva; otros señalan que estamos ante un fenómeno social que traslada a esa necesidad de unión, de compartir emociones y vibrar en un solo latido.

El intercambio cultural mediado a través de la pantalla fomenta el reconocimiento de la diversidad humana, situando a las diferentes naciones en un plano de “igualdad competitiva”. Y hay realidad en las distintas posturas: este “ritual” tiene la capacidad de reorganizar agendas, necesidades, horarios y prioridades; ofrece un “calendario sagrado” que unifica la atención pública.

Cada cuatro años, desde 1930, con excepción del periodo de las guerras mundiales, este evento ha congregado a millones de personas que consumen el mismo relato de manera simultánea. Es así como la comunión en el escenario deportivo no constituye un evento fortuito, sino una auténtica metamorfosis de la condición individual.

Es, en esencia, un acto donde la presencia única se transforma en identidad colectiva, construyendo héroes y villanos a jugadores y entrenadores, que sirven como referentes de conducta, éxito y resiliencia, influyendo en los valores y aspiraciones de las nuevas generaciones. Los medios de comunicación desplazan otros temas de la conversación pública para centrarse en la narrativa deportiva, lo que genera un estado de excepción, donde las tensiones sociales suelen entrar también en una fase de tregua.

En el ámbito de la expectativa y la inversión económica personal, para Ricardo Trujillo Correa, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), “no importa el resultado que tenga el equipo ni el gasto económico que supone… No es un cálculo racional, sino, más bien, tiene una lógica emocional (Maguey. H. [2022] Gaceta UNAM p,3)”. Es así como el fenómeno deportivo puede invitar a valorar la dimensión afectiva y simbólica que sostiene nuestra convivencia.

En este contexto, la justa mundialista cumple una función fundamental: interrumpe la linealidad del calendario ordinario para instaurar un tiempo extraordinario. Es una pausa en la historia que permite celebrar lo que nos une, transformando el duelo o la alegría en un refuerzo de identidad global y fraternidad humana.

El futbol como espectáculo y deporte debe verse como una herramienta de identificación vigorosa de la modernidad. Reconsiderando la visión inicial, ante una cotidianidad que tiende a fragmentación y dispersión. Suspender la vida por un juego no es un acto de evasión, sino un reencuentro con la conciencia palpable de pertenencia.

Es recordatorio de que la sociedad no debe entenderse como abstracción administrativa o estadística, sino como una vibración orgánica del presente. Porque, al final del día, no sólo es competencia; es la cultura del esfuerzo convertida en tejido social. Es victoria de cohesión sobre el olvido y un compromiso ineludible de construir, a través de la cancha, una nación más justa, más unida y profundamente humana.