Símbolo poderoso
El poder real no está en la Asamblea General, sino en el Consejo de Seguridad, donde cinco países (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) pueden bloquear cualquier resolución incómoda.
Esta semana ocurrió algo que, aunque no acaparó muchos titulares, merece ser observado con lupa: la elección de Annalena Baerbock como presidenta de la Asamblea General de la ONU. Exministra de Exteriores de Alemania, excandidata a canciller por Los Verdes, política de ésas que no pasan desapercibidas en la escena internacional. Tiene 44 años, habla con firmeza sobre derechos humanos y cambio climático, y ahora estará al frente del órgano donde, al menos en teoría, el mundo se sienta a dialogar. Es apenas la quinta mujer, en casi 80 años, en presidir el principal órgano deliberativo del sistema multilateral —cargo que se renueva cada año— y su elección es, sin duda, un símbolo poderoso, pero también evidencia de cuánto nos falta por transformar.
La última mujer en ocupar ese puesto fue la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, en 2018. Que este nombramiento se celebre como un avance feminista dice más de nuestro rezago que de nuestros logros. Sin embargo, en un contexto internacional marcado por guerras abiertas, tensiones geopolíticas y retrocesos democráticos en distintos rincones del planeta, hay algo esperanzador en que sea una mujer —y además una figura ecologista, progresista y con experiencia política de alto calibre— quien tenga ahora la tarea de moderar la conversación global.
Su elección dejó fuera a Helga Schmid, diplomática de carrera, exsecretaria general de la OSCE y con un perfil más sólido. Por ello, con su nombramiento comenzaron los cuestionamientos sobre si se trató de un premio de consolación tras la caída de Los Verdes en Alemania o de una maniobra para reposicionar a Berlín en el tablero internacional. Las respuestas importan, porque la ONU no está para gestos simbólicos: está para actuar, y se necesita que lo haga de forma inmediata.
CAMBIOS URGENTES
Durante su primer mensaje, Baerbock ofreció una visión inspiradora. Habló de derechos humanos, de paz sostenible, de una ONU “apta para el futuro”. Propuso transparencia, eficiencia y participación femenina como pilares de su presidencia. Y queremos creerle. Pero el panorama global grita que ya no estamos en tiempos de promesas ni de discursos atractivos. Son momentos de acción, y el problema estructural de la ONU sigue siendo intocable: el poder real no está en la Asamblea General, sino en el Consejo de Seguridad, ese club exclusivo con derecho a veto donde cinco países (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) pueden bloquear cualquier resolución incómoda.
Entonces sí, celebrar a Baerbock es necesario, pero no suficiente. Enfrentará el gran reto de superar la parálisis institucional ante conflictos prolongados, y en solo un año deberá avanzar en cambiar la reputación que arrastra la organización desde hace décadas. Si logra abrir el debate sobre la democratización del sistema multilateral, si coloca en el centro la elección transparente del próximo secretario general, si consigue que la Asamblea deje de ser un foro de discursos para convertirse en un espacio con poder real, entonces su paso por la presidencia podría marcar un antes y un después.
Porque no se trata sólo de sumar mujeres a las instituciones (que sí, es muy importante), sino de transformar esas instituciones para que dejen de ser herramientas del statu quo. Mientras tanto, seguimos aplaudiendo rostros nuevos en estructuras viejas. La ONU necesita menos narrativa y más capacidad de acción. Menos equilibrios diplomáticos y más valentía política.
Annalena Baerbock representa una generación que ya no le teme a decir las cosas como son. Pero necesitará más que buenas intenciones para que su presidencia no se recuerde como un gesto, un símbolo, sino como el inicio de un cambio profundo.
