Pendiente histórico
Transcurrieron 10 años y la herida continúa abierta. Por eso cada 26 de septiembre y desde días antes toman recintos clave buscando visibilizarse y ser escuchados. Se busca a 43 estudiantes. Presto atención a los comentarios sobre lo sucedido. Lo primero que pienso es ...
Transcurrieron 10 años y la herida continúa abierta. Por eso cada 26 de septiembre y desde días antes toman recintos clave buscando visibilizarse y ser escuchados. Se busca a 43 estudiantes. Presto atención a los comentarios sobre lo sucedido. Lo primero que pienso es en el dolor de todas esas madres que perdieron a sus hijos aquella cruenta noche en Iguala, Guerrero. Como mamá me cala en lo más profundo. Empatía le llaman, algo que aparentemente nos cuesta mucho poner en práctica.
La verdad histórica nunca será suficiente. No hay un cuerpo para despedirse, no hay indicios del paradero de los aspirantes a profesores que ese día hicieron lo mismo que varias generaciones antes de ellos: viajaron del pueblo de Ayotzinapa, sede de una de las principales escuelas normales rurales de México, con rumbo a Iguala. Su intención era llegar en autobuses “tomados” a la Ciudad de México y participar en la conmemoración del 2 de octubre, un aniversario más de la matanza estudiantil en Tlatelolco. Terminaron siendo víctimas, también.
POR JULIO CÉSAR
Procesos de la noche de Diana del Ángel (Ed. Almadía, 2017) es una lectura que nos lleva a conocer la historia de uno de los tres cuerpos localizados tras la desaparición de los 43 normalistas, el de Julio César Mondragón. El también estudiante pretendía llegar a la capital junto con sus compañeros y fue encontrado muerto a la mañana siguiente. Su esposa vio la noticia con la fotografía de un cuerpo encontrado con huellas de tortura, sin la piel del rostro y sin ojos, desollado. Al ver aquella imagen dantesca, sólo por el atuendo, Marissa supo que se trataba de él, del padre de su hija de sólo dos meses de nacida.
A partir de ese momento vino un peregrinar constante en la búsqueda de justicia. Han sido 10 años de desgastante lucha, con una hija creciendo entre oficinas y trámites burocráticos que le permitieran esclarecer el asesinato de su esposo y demostrar que Julio no murió ni su rostro fue devorado por la fauna de la zona como afirmaron los peritos. Para que aceptaran que fue torturado y asesinado pasó mucho tiempo y estudios realizados al cadáver tras su exhumación. Dos funerales para Julio César significaron revivir lo sucedido, abrir la herida una y otra vez.
Todo ese ir y venir quedó plasmado en Procesos de la noche, un libro que surgió sin planearse. A su autora, Diana del Ángel, la buscaron familiares de Julio para que escribiera un poema el primer día de muertos tras la tragedia pero después de acompañarlos durante más de dos años a todos los trámites, entre la burocracia gubernamental y jurídica atestiguó muchas injusticias y entendió que sus apuntes debían convertirse en un libro recopilatorio de sus crónicas.
En poco más de 200 páginas, Diana del Ángel nos lleva en un sube y baja de emociones a través de su narrativa. Hay momentos que te llenan de rabia, tristeza e indignación, además de pequeños fragmentos que son una especie de oasis para el lector, porque se comparten anécdotas de familiares y amigos cercanos a Julio, fragmentos de vida que de alguna manera reconstruyen la dignidad de su rostro.
VÍCTIMAS COLATERALES
“Julio Cesar fue la víctima directa, pues fue a quien asesinaron y le quitaron la piel del rostro, pero después quedan todas las víctimas indirectas que en este caso son sus familias; son Marissa, su hija Melisa, su mamá, su hermano, sus tíos, que también sufren esos efectos. En el caso particular de Melisa, el tema es justamente que creo que representa a muchos niños desde 2006, cuando empezó esta guerra contra el narco, niños quedan huérfanos o niños que quedan a la deriva”, así se refirió Diana del Ángel en nuestra charla sobre las víctimas colaterales de la tragedia y es que poco se habla del tema.
Hoy Melisa tiene 10 años, creció sin su padre y rodeada de interrogantes, sabe que murió, pero no en qué condiciones.
Dos preguntas dejo en el aire: ¿Cuánto tiempo pasará para que con un solo clic Melisa pueda darse cuenta de la crueldad con la que fue asesinado su padre? ¿Qué hace el Estado por esas infancias que quedaron en la indefensión por este tipo de crímenes?
