Alguna vez confundí control con amor. Llegué a una ciudad desconocida y desafiante, lejos de la familia, creyendo que sentirme “protegida” era una forma de felicidad. Él prometió cambiar mi historia. Yo, criada entre matriarcados por fuerza mayor, quise creerle. Tras la separación, volver a confiar fue difícil. Sentirme segura en “la gran ciudad” se convirtió en el mayor de los retos.
Creo que muchas mujeres transitamos la vida así: intentando creer en lo que vemos, dejándonos llevar por la rutina, aprendiendo a normalizar lo que incomoda. Convenciéndonos de que los celos “medidos”, las restricciones disfrazadas de cuidado y el control presentado como amor son parte de una relación normal. Existes. Sin atender al miedo que siembran las cifras de feminicidios y desapariciones. Hacerlo implicaría aceptar que no era control, era cautela. Además de admitir una verdad incómoda: amar, para muchas, sigue siendo un riesgo.
La violencia no es un accidente ni un acto espontáneo: es el resultado de un machismo estructural que normaliza el control, la posesión y, en última instancia, la muerte. Datos de Naciones Unidas señalan que cerca de 60 % de los asesinatos de mujeres en el mundo son cometidos por sus parejas o familiares, y América Latina es una de las regiones más afectadas.
¡HOLA, SAN VALENTÍN!
Febrero llega siempre cubierto de corazones, promociones de dos por uno y una narrativa insistente: el amor todo lo puede. En México, el Día del Amor y la Amistad no sólo es una celebración emocional, sino también un poderoso motor económico. Restauranstes llenos, hoteles al límite, flores, chocolates, joyería y experiencias románticas generan —según estimaciones empresariales— una derrama de más de 36 mil millones de pesos. El amor vende. El amor se empaqueta. El amor se consume. Pero mientras el país se desconecta por un día de la realidad para celebrar, la violencia contra las mujeres no hace pausa, no entra en temporada baja y no entiende de fechas conmemorativas.
No es una exageración decirlo: México es uno de los peores países para ser mujer. En 2025, cerca de seis mil mujeres fueron asesinadas y sólo poco más de 700 casos fueron clasificados oficialmente como feminicidio. El resto quedó diluido en categorías que minimizan la dimensión del problema y contribuyen a su invisibilización.
Ese mismo año, México cerró con más de 133 mil personas desaparecidas; 23% son mujeres. Adultas, jóvenes, niñas. Fichas de búsqueda que se vuelven paisaje urbano. Madres que viven con la esperanza de que el gran amor de su vida —sus hijas— regrese por la misma puerta por la que salió aquel último día que disfrutó su compañía.
EL CONTRASTE
El contraste es imposible de ignorar. ¿Qué tipo de amor se celebra en un país donde ser mujer implica un riesgo constante? ¿Qué mensaje se refuerza cuando se invierte más en campañas publicitarias que en políticas eficaces de prevención, atención y sanción de la violencia de género?
El problema no es celebrar el amor. El problema es reducirlo a una transacción comercial mientras se ignoran sus formas más básicas: el amor como cuidado, como respeto, como libertad y como derecho a vivir sin miedo. Un sistema que romantiza los celos y el control construye el terreno donde germina la violencia de género. Cuando éste calla frente a un feminicidio, confirma que la impunidad no es una falla, sino parte del diseño.
Este 14 de febrero, mientras México contabiliza ganancias, muchas familias buscan o entierran a sus hijas, madres y hermanas. El verdadero acto de amor colectivo no está en las flores ni en las cenas costosas, sino en exigir justicia, memoria y acciones concretas, efectivas, que arrojen resultados reales.
