Por Reidezel Mendoza S.
Los villistas también atacaron el comercio de Samuel Ravel, quien ese día en el pueblo no se encontraba en el poblado. En su lugar capturaron a su hermano Arthur, de 16 años, e intentaron obligarlo a abrir la caja fuerte; sin embargo, el joven dijo no recordar la combinación o fingió no saberla. Los asaltantes lo retuvieron mientras registraban las habitaciones en busca de Samuel para que les entregara el dinero, en medio de un pueblo que ya ardía en llamas. Arthur aseguró después que su hermano nunca había tenido relación comercial con Villa. El historiador filovillista Friedrich Katz reconoció que, “aunque varias fuentes orales afirman que Villa fue a Columbus a buscar y castigar a Ravel por haberlo estafado con municiones y otros bienes que había ordenado, no encontré ninguna corroboración de nada de esto en ninguna fuente escrita sobre la invasión”.
Una mujer que presenció el asesinato de su esposo relató: “Luego vimos como si un ejército entero viniera por el camino a toda carrera; más de 300 desalmados venían gritando llenos de bultos y hasta cargando mujeres, porque se oían gritos en inglés pidiendo socorro”.
Esa mañana también murieron Bessie Bain James, una joven embarazada de 18 años, esposa de Milton James, capataz del ferrocarril, quien había resultado gravemente herido. La pareja vivía al sur de las vías, en pleno centro del combate. Cuando los asaltantes irrumpieron en el pueblo, ambos corrieron hacia el Hotel Hoover en busca de refugio, pero les dispararon en la puerta.
El farmacéutico Charles C. Miller, quien residía en el Hotel Hoover —ubicado en la esquina frente a su farmacia—, descendió las escaleras al escuchar los disparos. Encontró a los huéspedes acurrucados en el suelo y desarmados, y les dijo que iría a su tienda por algunas armas. Con las llaves en la mano salió por la puerta oeste del hotel y se dirigió a su farmacia. Apenas había avanzado unos tres metros cuando recibió un disparo en la nuca que lo mató instantáneamente. Cuando su cuerpo fue encontrado después del tiroteo, aún tenía las llaves de su tienda. El médico Roy Edward Stivison lo recordaba como un hombre noble: “Llegó al valle de Mimbres tuberculoso, consiguió un rebaño de cabras y vivió al raso hasta que recuperó la salud, para luego retomar su vocación de farmacéutico”.
El ranchero y propietario de una tienda de ropa, John Jay Moore, murió a tiros y apuñalado mientras defendía su hogar. Su esposa resultó herida en un muslo y fue dada por muerta al caer junto al cuerpo de su marido. Por su parte, el abogado, agricultor y comerciante de comestibles James Todd Dean, al ver los incendios, se dirigió al centro del pueblo para ayudar a sus vecinos a combatir el fuego. Su hijo Edwin encontró más tarde su cuerpo entre los cadáveres de los villistas en una esquina. Según el doctor Stivison, “nos enteramos de que él creía que la tienda Lemmon se había incendiado accidentalmente y que podría ayudar a apagarlo. Los asaltantes lo atraparon antes de que llegara al lugar del incendio”.
Los militares estadunidenses que murieron esa mañana fueron los siguientes: el soldado Jesse P. Taylor, de 20 años, quien resultó herido en una pierna y falleció al día siguiente; el sargento Mark A. Dodds, del regimiento de ametralladoras; el cabo Paul Simon, músico de la banda del 13º de Caballería; el soldado de caballería Frank T. Kindvall, herrero y mozo de cuadra; el soldado Thomas Butler, quien, a pesar de estar herido, continuó combatiendo hasta caer abatido por cinco disparos; el sargento de banda John G. Nievergelt; el soldado Fred A. Griffen, de 18 años, quien alcanzó a alertar a la guarnición antes de morir; el cabo Harry E. Wisnell; y William A. Davidson, de 24 años, oficial de la Texas National Guard.
Durante el intenso tiroteo, que se prolongó aproximadamente noventa minutos, al menos quince soldados y civiles resultaron heridos.
Tras el ataque, los militares recogieron los cuerpos de cerca de 70 villistas que murieron durante el asalto y los quemaron en una fogata a kilómetro y medio al este del poblado. El doctor Stivison relató: “Los llevaron a las afueras de la ciudad, los apilaron, los empaparon con queroseno y los quemaron. Fue un espectáculo espantoso […]”. Muchos de ellos eran muchachos de entre 14 y 16 años, reclutados por la fuerza bajo la amenaza de quemar vivas a sus familias. Algunos de los muertos y moribundos aún apretaban sus crucifijos contra el pecho.
El cabecilla, Pablo López, fue capturado meses después y ejecutado en la ciudad de Chihuahua. Antes de ser fusilado declaró que “Villa estuvo con ellos en Columbus y fue quien ordenó el asalto a la población americana”. Según su testimonio, Villa habría presenciado con frialdad, desde una loma cercana a Santa Isabel, la matanza de los estadunidenses, movido por el resentimiento que le provocó el reconocimiento diplomático que el gobierno de Estados Unidos otorgó a Venustiano Carranza.
Villa, sin embargo, lo negó repetidamente. También rechazó haber participado en el ataque a Columbus, aunque nunca desmintió de manera explícita haberlo ordenado. En un editorial de un periódico villista se recogía una declaración del propio guerrillero: “Yo no soy gendarme para dar cuenta y justificación de mis actos; pero si yo hubiera ido a Columbus no lo negaría. Si hubiera querido vengarme del inesperado e injusto reconocimiento de Carranza; de la ayuda que dieron a Obregón pasándole tropas por territorio americano para que fueran a atacarme; si yo hubiera querido vengar la ingratitud y la ofensa de hacerme fuego en Agua Prieta con dos baterías americanas, desde territorio americano, no habría ido a Palomas con 200 pelados, sino que habría atacado con
20 mil soldados.
Yo no traiciono a mi Patria trayéndole la intervención extranjera, y desafío a cualquiera de mis amigos o enemigos a que me prueben cuándo he matado yo algún gringo”.
Años más tarde, ya retirado en su hacienda de Canutillo, Villa reiteró esa versión ante la reportera estadunidense
Sophie Treadwell: “[…] no soy un bandido y no soy un asesino y no soy un enemigo de los estadunidenses […] He matado hombres, pero yo soy un soldado. Y nunca he levantado la mano contra un estadunidense por ser estadunidense. ¿Me creerá cuando le diga que no fui a Columbus y que no sabía nada de la masacre de Santa Isabel?”
Lo cierto es que Villa se quedó a unos cuatro kilómetros al sur de Columbus, sobre la línea fronteriza, para evitar caer en manos de las tropas estadunidenses.
Así lo confirma Elías Torres, quien sostiene que el guerrillero planeó y dirigió el asalto desde la hacienda de Palomas. Tras el ataque, un destacamento del 13º de Caballería al mando del mayor Frank Tompkins persiguió a los atacantes al sur de la frontera durante más de veinte kilómetros, hasta que se agotaron las municiones y los suministros.
En cualquier caso, el asalto difícilmente podía considerarse una victoria para los villistas: más allá de haber causado la muerte de un reducido número de soldados y civiles, sus hombres se retiraron con pocos caballos y con un botín escaso, obtenido de algunas tiendas y casas del pueblo.
Esta incursión ordenada por Villa en territorio estadunidense no fue la primera ni sería la última. De acuerdo con reportes del gobierno norteamericano, tan sólo entre julio de 1915 y junio de 1916 se registraron 38 incursiones de bandidos mexicanos, en las que murieron 37 ciudadanos estadunidenses, 26 de ellos soldados. Tampoco era un hecho sin precedentes en la historia de la frontera: décadas antes, entre 1859 y 1861, Juan N. Cortina había cruzado repetidamente al otro lado del Río Bravo e incluso llegó a apoderarse de la ciudad de Brownsville, Texas.
El asesinato de civiles estadunidenses en Santa Isabel y el posterior ataque a Columbus provocaron una ola de indignación en Estados Unidos que exigía represalias inmediatas. Éstas no tardaron en llegar. Con el tiempo, prácticamente todos los villistas que participaron en el asalto a Columbus morirían a manos de la llamada Expedición Punitiva durante su incursión en el estado de Chihuahua, con excepción de Villa, quien permaneció oculto en cuevas y evitó enfrentarse directamente con el ejército estadunidense.do a la mañana siguiente de lado mexicano de la frontera.
