Un recuerdo de quinto de primaria

 Por Carlos Ornelas*

Abuso de la bondad de nuestro Excélsior. Hoy, más que de costumbre, hablo de mí y de mis haceres.

Hace poco más de dos semanas, pasé en coche junto a mi escuela primaria, la Guadalupe Victoria, frente a la Plazuela Baca Ortiz, en el corazón de Durango. ¿Será que la edad me transforma cada día en un ser nostálgico, yo que presumía de que los recuerdos no me quemaban la mente? Pensé en visitar sus salones, saludar a los docentes y presentarme como un egresado, a quien esa escuela le proporcionó conocimientos y haberes para desempeñarme en la vida. No sabía si me dejarían entrar.

La bronca es que me fue imposible localizar dónde estacionarme, a una distancia razonable. No encontré lugar y continué mi camino a casa. Olvidé el asunto.

Sin embargo, hoy, sábado, sin que llamara a la memoria, la añoranza me atrapó y me llevó a una clase de quinto año. La maestra Rita —no recuerdo su apellido— expuso tres problemas de aritmética. Primero dictó el planteamiento con voz pausada y clara; después, presentó los datos en el pizarrón. Nos dio media hora para resolverlos. Había que razonar y hacer cálculos. Todos los alumnos —era escuela de puros varones— nos afanamos en los mesabancos, nos concentramos; unos sonreían con cierto nerviosismo. Y, sin excepción, todos resolvimos dos de los problemas. El tercero era más difícil. No era de rutina; exigía pensar más e imaginar una respuesta plausible.

Una de dos: fue el azar o traía mi cabeza en modo numérico. Entregamos nuestras hojas con la tarea a la maestra y nos fuimos al recreo. La seño, como le decíamos a la docente, aprovechó el tiempo para calificar lo que hicimos. Al retornar al salón, nos felicitó, pero señaló que nada más un alumno había resuelto el tercer problema. Dio mi nombre y su dedo índice apuntó a mis ojos. No me sorprendí mucho; sabía que lo había solucionado; lo que me impresionó fue que nadie más lo descifrara.

La maestra me ordenó que pasara al pizarrón y expusiera cómo lo había hecho y explicara el razonamiento detrás de las operaciones. No pude explicar el pensamiento, pero en el pizarrón apunté —con una caligrafía espantosa— las operaciones. Allí estaba el resultado.

Con mucha parsimonia, me pareció demasiada, la seño Rita se levantó del escritorio y caminó hacia mí, en el centro del salón. Me puso una mano en el hombro y le dijo al grupo que me aplaudieran. No apunté la fecha, ni siquiera recuerdo qué día de la semana fue. Lo que sí sé es que ese día fue uno de los mejores de mis años de primaria.

Hoy, casi 70 años después, ya no me acuerdo del problema ni sus números, pero conservo intactos la mano de la seño Rita sobre mi hombro y el aplauso de mis compañeros. Quizá por eso el coche frenó —sin que yo lo decidiera— frente a la Guadalupe Victoria. No hallé estacionamiento aquella mañana, pero sí encontré hoy en la memoria algo mejor: la certeza de que ciertos instantes de reconocimiento nos acompañan toda la vida.

Lo dicho, llegué a la edad de la nostalgia.

*Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana

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