Percepción social de la IA: ¿miedo, esperanza o resignación?

Por Zaira ZepedaEn México, 62 por ciento de los trabajadores considera que la IA “podría afectar negativamente su fuente de ingreso”.Hace unos meses, durante un taller de inteligencia artificial con mujeres emprendedoras, una participante levantó la mano y me ...

Por Zaira Zepeda

  • En México, 62 por ciento de los trabajadores considera que la IA “podría afectar negativamente su fuente de ingreso”.

Hace unos meses, durante un taller de inteligencia artificial con mujeres emprendedoras, una participante levantó la mano y me dijo: “Zaira, yo no tengo miedo de que la IA me quite el trabajo… tengo miedo de no entender cómo usarla”.

Esa frase se me quedó grabada porque sintetiza lo que muchos sentimos: la inteligencia artificial no es sólo una revolución tecnológica, es una revolución emocional.

En buena parte del mundo, y especialmente en América Latina, la primera reacción ante la inteligencia artificial ha sido el miedo. Miedo a perder el empleo, a ser reemplazados, a no comprender cómo funcionan las herramientas que ya están decidiendo sobre nuestra vida diaria —desde qué vemos en redes sociales hasta cómo se evalúa nuestro crédito o desempeño laboral—.

Y el miedo no es irracional. Un estudio reciente del World Economic Forum estima que la automatización desplazará más de 80 millones de empleos para 2030, mientras que la creación de nuevos puestos requerirá habilidades completamente diferentes. En México, 62% de los trabajadores considera que la IA “podría afectar negativamente su fuente de ingreso”, según datos de Ipsos. El problema no es sentir miedo. El problema es quedarse en él.

Frente a la incertidumbre, la esperanza se ha vuelto una forma de resistencia. Cada vez más personas están entendiendo que aprender a usar la IA no significa rendirse ante ella, sino apropiarse de su potencial.

En empresas locales y startups, equipos de trabajo ya usan inteligencia artificial para automatizar reportes, generar propuestas comerciales y optimizar procesos de venta. En pymes mexicanas, emprendedoras están creando contenido, presupuestos y estrategias con ayuda de herramientas digitales.

Detrás de cada historia hay una constante: la IA deja de dar miedo cuando se vuelve una aliada. Pero para lograrlo necesitamos algo más que capacitación: necesitamos confianza digital, esa mezcla entre curiosidad, ética y pensamiento crítico que nos permite usar la tecnología con criterio propio.

Entre el miedo y la esperanza hay una tercera emoción que avanza con peligro: la resignación.

Esa sensación de que “ya no hay nada que hacer”, de que “esto es demasiado grande para mí”.

La resignación es peligrosa porque normaliza la desigualdad digital. Porque mientras algunos aprenden a dominar la IA, otros se convencen de que no pueden, y ahí es donde se agranda la brecha. No entre quienes tienen o no acceso a internet, sino entre quienes creen que pueden adaptarse y quienes se convencen de que no.

La educación tecnológica del futuro no puede centrarse sólo en enseñar a programar o usar herramientas. Debe enseñar también a sentir y pensar la tecnología.

Necesitamos políticas públicas y espacios de formación que enseñen a entender qué hay detrás de un algoritmo, a cuestionar sus sesgos, a decidir cuándo confiar y cuándo no. La alfabetización digital del siglo XXI debe ser también emocional: ayudar a las personas a transformar el miedo en acción, la esperanza en propósito y la resignación en aprendizaje.

México no puede darse el lujo de ser un país espectador en la era de la inteligencia artificial. La adopción tecnológica no es sólo una carrera empresarial, sino tambiénuna tarea social. Y en esa tarea, todos tenemos algo que aportar: gobiernos que regulen con visión, empresas que formen con responsabilidad, escuelas que enseñen con sentido y ciudadanos que aprendan con libertad.

La pregunta ya no es si la IA nos sustituirá.

La pregunta es si seremos capaces de seguir siendo humanos en un mundo cada vez más automatizado.

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