La dignidad del juez en tiempos de simulación

PorCésar Alejandro Ruiz Jiménez La reciente partida del ministro en retiro Mariano Azuela Güitrón deja un vacío inmenso en la vida jurídica de México. Su trayectoria ejemplar, marcada por la integridad, el estudio riguroso del derecho y una ética intachable, ...

Por César Alejandro Ruiz Jiménez

La reciente partida del ministro en retiro Mariano Azuela Güitrón deja un vacío inmenso en la vida jurídica de México. Su trayectoria ejemplar, marcada por la integridad, el estudio riguroso del derecho y una ética intachable, contrasta dolorosamente con el clima actual de frivolidad institucional. Azuela no sólo fue un jurista de talla mayor, fue también una conciencia viva del deber judicial y un referente para quienes creen que la ley debe ser un dique frente a los abusos del poder.

En un país donde los reflectores ya no iluminan la razón jurídica, sino los bailes en TikTok, las caravanas festivas y la sumisión mediática al poder, la figura del juez ha sido transformada —o más bien, degradada— en un personaje decorativo. Las reformas impulsadas por el oficialismo no sólo pretenden controlar el Poder Judicial, buscan redibujar el rostro mismo de la justicia, reemplazando la toga por la consigna, la imparcialidad por la militancia y el derecho por el capricho.

En este contexto de disolución institucional, recordar a Mariano Azuela Güitrón no es un acto de melancolía, sino una forma de resistencia. No se trata de idealizar un pasado perfecto —porque no lo fue—, sino de recuperar los referentes que nos enseñaron que el derecho no es una herramienta del poder, sino su límite.

Don Mariano encarnó lo que hoy parece subversivo: la seriedad intelectual, la sobriedad personal y la ética sin concesiones. Nunca buscó agradar al poder político ni se replegó ante la presión social. Cada voto particular, cada intervención en el pleno, fue una lección de responsabilidad constitucional. Su defensa del concebido, en tiempos en los que apenas comenzaba a florecer el discurso progre, fue clara, firme y profundamente jurídica. Hoy, cuando vemos hasta dónde ha llegado esa ideología —al punto de negar que exista un ser humano antes de nacer—, sus palabras resuenan con mayor fuerza.

Más allá de sus fallos, su vida personal fue también una forma de testimonio: un hogar sin ostentaciones, una familia unida, un café con amigos, una conversación honesta. Frente al glamour artificial de los nuevos “jueces influencers”, su figura modesta resulta más luminosa que nunca.

La judicatura mexicana necesita referentes. No de obediencia al poder, sino de coherencia con la Constitución. No de frases hechas, sino de razones bien pensadas. No de espectáculos mediáticos, sino de fallos valientes.

Frente a quienes hoy quieren redefinir al juez como operador del régimen, urge reivindicar la figura del juez como muro de contención. Urge, sí, recordar a Mariano Azuela. No como un homenaje ritual, sino como un acto de afirmación moral.

Porque el derecho no sobrevive por decreto. Sobrevive en la conciencia de quienes, aun en la tormenta, se atreven a sostenerlo.

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