Francisco, sobre los animales
PorPeter Singer MELBOURNE. – Cuando el cardenal Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en 2013, muchos liberales tenían grandes expectativas. ¿Se les permitiría casarse a los sacerdotes? O, aún más radical, ¿abriría el Papa el camino a la ordenación de mujeres? ...
Por Peter Singer
MELBOURNE. – Cuando el cardenal Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en 2013, muchos liberales tenían grandes expectativas. ¿Se les permitiría casarse a los sacerdotes? O, aún más radical, ¿abriría el Papa el camino a la ordenación de mujeres? Incluso se insinuó que podría reconocer las uniones del mismo sexo. Dados los numerosos estudios que indican que la mayoría de los católicos utilizan preservativos o anticonceptivos orales, era razonable esperar que un nuevo Papa más progresista modificara las enseñanzas de la Iglesia en cuanto a la planificación familiar. Tal reforma podría haberse producido hace 60 años, si el papa Juan XXIII hubiera vivido lo suficiente para recibir el informe de la Comisión Pontificia sobre el Control de la Natalidad que él mismo había creado. Todas estas expectativas se vieron defraudadas.
El nombre que adoptó Bergoglio despertó otro tipo de expectativas: Francisco, una referencia obvia a Francisco de Asís. Y el NYT publicó el titular: ¿Perros en el cielo? El papa Francisco deja las puertas del cielo abiertas. Lo que habría sido un cambio revolucionario, ya que la Iglesia ha enseñado que sólo los seres humanos tienen almas inmortales. Los teólogos conservadores señalaron rápidamente que las doctrinas de la Iglesia no cambian por los comentarios casuales de un Papa.
Una encíclica papal es un asunto diferente: sin cambiar las doctrinas fundamentales de la Iglesia, puede ofrecer una guía autorizada sobre cómo deben interpretarse. Ése es el propósito de la encíclica Laudato Si’ (“Alabado seas”) de Francisco, que aborda el medio ambiente no humano y es uno de sus logros más significativos. Para comprender su importancia, debemos recordar el largo predominio, en el pensamiento católico romano, de Tomás de Aquino. Esto es lo que dice sobre los animales: “No importa cómo se comporte el hombre con los animales, porque Dios ha sometido todas las cosas al poder del hombre y es en este sentido que el apóstol dice que Dios no tiene cuidado de los bueyes, porque Dios no pregunta al hombre lo que hace con los bueyes, o con otros animales”.
La referencia al “apóstol” es a Pablo de Tarso, y a su interpretación de la antigua ley hebrea sobre el sábado como día de descanso, no sólo para los seres humanos, sino también para los bueyes. Los puntos de vista de ambos representan una interpretación dura del versículo del Génesis sobre el “dominio”.
Para Aquino y sus seguidores, este dominio es absoluto: los seres humanos pueden hacer lo que quieran con los animales, y no importa cuánto daño les hagan, sin embargo, recientemente los católicos más respetuosos de los animales han argumentado que ésta no es la forma correcta de entender el versículo. Sostienen, en cambio, que Dios confió su creación -de los animales y de la naturaleza misma- a nuestro cuidado.
En Laudato Si’, Francisco aborda este debate: “Hoy debemos rechazar enérgicamente la idea de que el hecho de haber sido creados a imagen de Dios y de que se nos haya dado el dominio sobre la tierra justifica la dominación absoluta sobre las demás criaturas”. El Papa incluso repudia explícitamente la opinión de Pablo: “El descanso del séptimo día”, dice, “no es sólo para los seres humanos, sino también para que descansen su buey y su asno”. Al rechazar la visión dominante de los animales mantenida por los principales pensadores de la Iglesia católica romana durante gran parte de su existencia, Francisco hizo algo importante, y digno de Francisco de Asís.
Sin embargo, aquí, como en otras áreas en las que los liberales esperaban cambios más prácticos, vemos a un hombre bienintencionado que a menudo dijo lo correcto, pero no supo utilizar su posición para impulsar las reformas necesarias. Por ejemplo, Laudato Si’ afirma que debemos “respetar la bondad particular de cada criatura, para evitar cualquier uso desordenado de las cosas”. El uso más “desordenado” que se hace hoy de los seres vivos es la ganadería intensiva, que actualmente cría y mata a más de 200 mil millones de animales cada año.
¿Qué habría pasado si el papa Francisco hubiera instado a los seguidores de la Iglesia a no ser cómplices de este uso desordenado de los animales, y a evitar, siempre que fuera posible, los productos de la ganadería intensiva? Es difícil saberlo. Quizás entonces Laudato Si’ habría marcado realmente la diferencia.
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