Educador y poeta

Por Carlos Ornelas*

El lunes pasado murió mi amigo José Enrique Torres Cabral. Un docente ejemplar en sus tareas en la Universidad Juárez del estado de Durango. Impartió el curso de Filosofía del Derecho por casi 20 años. Se mantuvo activo hasta la semana anterior en el Centro de Atención y Desarrollo Infantil como maestro de ajedrez y de oratoria. La UJED le rindió un homenaje. A pesar de que se habían divorciado hace muchos años, Silvia, me lo dijo, lo amó con intensidad. Ella y su hijo, Enrique Junior, me invitaron a pronunciar unas palabras en ese homenaje.

Éste es un resumen de lo que expresé, con un sentimiento tal que al final no pude contener las lágrimas porque Enrique y yo fuimos camaradas entrañables, compañeros de luchas y sueños allá por los años 60 y 70.

A pesar de su esbelta estatura, Torres Cabral era un toro, con capacidad de recuperación asombrosa y voluntad de acero. Fue un fumador empedernido y bebedor de carrera larga. Parecía que su vida se había apagado cuando perdió a sus dos hijos y a Lilia. Antes había dejado de tomar y comentaba con una sonrisa abierta que gracias a Alcohólicos Anónimos regresó del infierno. Con todo y su diabetes, tuvo una vida plena. Nunca abandonó su fe ni su sonrisa.

Se nos fue el poeta, al igual que su familia, amigos, colegas y centenares, si no es que miles, de exalumnos. Extrañaré su sonrisa permanente y sus comentarios sarcásticos; no conozco a alguien que le haya ganado en un debate. Era de maravilla escucharlo contar anécdotas de su niñez y de su primera juventud en Gómez Palacio, y de sus aventuras en el entonces Distrito Federal, cuando estudiaba Filosofía en la UNAM. Sueño frustrado por falta de medios. Ilusión que retomó cuando se inscribió en la primera generación de la licenciatura en Filosofía, de la UJED, a los 81 años.

Unos recordarán sus pasos por la política partidista, su papel como funcionario electoral y sus largas caminatas. Otros lo evocarán como conversador simpático —y grosero— o como comprador de billetes de lotería. Yo lo guardo en el corazón como el poeta refulgente que cantaba al amor y a las calles de Durango: “No es que yo sea de la calle, sino que la calle es mía”. O los versos sobre sí mismo: “Ya estoy otra vez en el camino/ recuperé la fe/ bajé del monte” o “La moneda que yo tengo/ es mi moneda la vida”. Versos que escribió y cantó cuando sus bolsillos estaban vacíos.

También fue un orador que encendía conciencias. Fue campeón estatal y regional y subcampeón nacional. Y más, hizo de la oratoria uno de sus medios de vida. Impartió cursos a militantes y a candidatos a puestos de elección popular de varios partidos, pero su obra mayor, repetía los sábados en el café, era trabajar con 300 adolescentes de secundaria cada semestre. Varios de sus exalumnos sobresalieron en el arte de la elocuencia, repetía con orgullo.

Lo guardo en el corazón; fue un ser humano excepcional. Recuerdo que declamaba:

La moneda que yo tengo/

Es mi moneda la vida…/

Durango es una ciudad/

con alamedas/

con calles/

con unas cuantas plazuelas/

Y de ahí en más todo es calle.

Y no es que yo sea de la calle/

Sino que la calle es mía.

Y fueron su calle/casa hasta el 11 de mayo. Una caída de la banqueta el sábado anterior aceleró su despedida.

Descanse en paz, mi gran amigo. José Enrique Torres Cabral.

*Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana