Cuando correr es resistir: la lección de Lorena Ramírez

En un mundo que suele medir el éxito en podios, medallas y primeros lugares, la historia reciente de Lorena Ramírez nos recuerda que hay victorias que no caben en una clasificación.

La corredora rarámuri volvió a demostrarlo en el Ultramaratón Hong Kong 100, una de las pruebas más duras del planeta, al imponer un récord personal de 22 horas, 24 minutos y 10 segundos en un recorrido de 100 kilómetros de montaña. Lo hizo bajo frío extremo, con humedad intensa y, en varios tramos, literalmente a oscuras por la falla de sus lámparas.

Lorena no ganó la carrera en términos numéricos; terminó en la posición 359 de la clasificación general. Pero su triunfo fue mucho más profundo. Mejoró casi cuatro horas su marca previa y, sobre todo, reafirmó algo que a veces olvidamos como sociedad: que la grandeza no siempre se mide en llegar primero, sino en no renunciar cuando el cuerpo duele, el camino se vuelve incierto y la noche parece interminable.

Vestida con el traje tradicional de su pueblo y corriendo con huaraches, Lorena llevó a Hong Kong algo más que resistencia física. Llevó consigo la historia de la Sierra Tarahumara, una cosmovisión en la que correr no es un espectáculo ni una moda, sino una forma de vida, una conexión con la tierra y con la comunidad. En cada paso, recordó al mundo que la modernidad no exige renunciar a la identidad; al contrario, puede convivir con ella y enriquecerse.

Correr 100 kilómetros con un desnivel acumulado de cinco mil metros ya es, por sí misma, una prueba extrema. Hacerlo en condiciones climáticas adversas y sin iluminación durante varios tramos exige una fortaleza mental poco común. Ahí es donde el logro de Lorena adquiere otra dimensión: decidió continuar cuando muchos habrían abandonado. Decidió confiar en su preparación, en su instinto y en la disciplina forjada desde la infancia.

Por eso, más allá del deporte, Lorena Ramírez se ha convertido en un símbolo para México. Su ejemplo inspira a jóvenes atletas, pero también a quienes, lejos de las pistas y las montañas, enfrentan sus propias carreras cotidianas: la de salir adelante, la de no rendirse ante la adversidad, la de mantenerse fieles a quienes son, aun cuando el entorno empuje en sentido contrario.

La ovación que recibió al cruzar la meta en Hong Kong no fue sólo por completar una prueba extenuante. Fue un reconocimiento al mensaje que encarna: que la voluntad humana puede iluminar incluso la oscuridad más profunda; que resistir también es vencer; y que nuestras raíces, lejos de ser un límite, pueden ser la mayor fuente de fuerza.

En tiempos donde abundan los discursos sobre éxito rápido y resultados inmediatos, Lorena Ramírez corre en otra dirección. Y quizá por eso su paso, firme y silencioso, deja una huella tan profunda. Porque nos recuerda que México también es resistencia, dignidad e identidad que avanza, incluso cuando el camino se queda sin luz.