Concordia
Un viernes 11 de febrero por la mañana, desde el púlpito presidencial, se atacaba a un periodista, se le exhibía con sus datos personales y se animaba su censura. Para la tarde de aquel día, más de medio millón de personas nos congregaríamos en un grito de libertad.
Por: Ana Lucía Medina y Gabriel España*
Cuando vemos el doloroso genocidio en Ruanda, el atentado a las Torres Gemelas o el ataque de un hombre armado que se adentra a un supermercado en El Paso, Texas, para abrir fuego y matar a decenas de personas, lo que descubrimos es un común denominador, todos estos actos fueron precedidos por mensajes de odio. En el caso africano, una catarata de propaganda racista provocó que, en sólo 100 días, asesinaran a 800 mil personas. Los terroristas islámicos que estrellaron los aviones fueron adoctrinados por ideas extremistas en contra de una población. Y, en el caso del asesino en la ciudad fronteriza de El Paso, pues fue justo cuando reinaba en aquel país la idea de que los mexicanos que cruzaban su frontera no eran más que criminales, narcotraficantes y violadores. Estos tres ejemplos son los que tenemos a la mano, pero la lista es larga y es universal. Y en todas hay una constante: las grandes barbaries vienen precedidas de discursos que rompen los lazos sociales para dar paso al odio y al rencor.
Hace unas semanas se cumplió un año del histórico Space en Twitter, al que, por fortuna, convocamos. Un viernes 11 de febrero por la mañana, desde el púlpito presidencial, se atacaba a un periodista, se le exhibía con sus datos personales y se animaba su censura. Para la tarde de aquel día, más de medio millón de personas nos congregaríamos en un grito de libertad. Nunca antes se habían reunido repentinamente tantas voces para mostrar, durante 10 horas, su inconformidad ante los ataques a la libertad de expresión y muy particularmente a la censura pública contra un ciudadano. Las oficinas centrales de Twitter no podían dar crédito a la cantidad de participantes. Desde actores y cantantes hasta deportistas y activistas, todos de pronto nos dimos cuenta de que queríamos decir lo mismo que ésta y aquella voz. Que algo no marchaba nada bien. Estábamos preocupados por ese diario martilleo deseoso de enfrentarnos unos contra otros. Ya basta, fue el encabezado de varios medios sobre aquella inusitada manifestación ciudadana. Basta de ser señalados.
Tanto o más sorpresivo nos resultó, a quienes organizamos la marcha en favor del INE el 13 de noviembre, el tamaño de la manifestación. De pronto fueron medio centenar de ciudades y muy probablemente un millón de personas en total. Esa mañana nos preguntábamos si se llenaría la Plaza de la República y algo de Reforma. Pero resultó que, días antes, desde Palacio, se atacó sin recato alguno a quienes asistirían a la marcha. Otra vez, los medios de comunicación no tuvieron de otra que retomar las palabras del Ejecutivo. Del otro lado lo que hubo fue una respuesta cívica, ordenada, pacífica y libre. Al final, marchamos no sólo para defender el voto y reservar la posibilidad de votar por una alternancia, sino también en defensa de un instituto cuya función es la de dirimir de forma pacífica los conflictos políticos. El INE es, sobre todo, un mecanismo de orden y paz social. Marchamos, pues, para cuidar esa paz. Y por esa misma razón, para cuidar la armonía entre nosotros, volvimos a marchar el 26 de febrero. Y cada vez se suma más y más gente. Lo estamos entendiendo más y mejor, queremos paz y armonía.
El discurso de odio tiene como consecuencia el rompimiento de la confianza en las instituciones, como también entre las personas. Pero en estos años de populismo hemos notado una reacción inteligente en redes sociales que nos da esperanza en el futuro. Hemos pasado de un pronunciado antilopezobradorismo a tratar de no caer en la retórica populista. Hemos aprendido que sus provocaciones sólo terminan por reforzar su imagen de víctima, lo que, a su vez, se traduce en más rencor dentro de su propia base. Cuando el discurso de odio se normaliza en una sociedad se crea un ambiente en el que las actitudes y acciones discriminatorias y violentas se vuelven comunes en el día a día de las personas. Esto también tiene un impacto negativo en la estabilidad política y económica de toda la sociedad. Perdemos de todas, todas. Y por eso hemos aprendido que la solución es justo lo contrario. Es la concordia la respuesta ideal.
“Concordia parvae res crescunt, discordia maximae dilabuntur”. Así como la concordia hace crecer hasta lo pequeño, la discordia destruye lo grande. La alternativa a tanto rencor destructivo no es atizar la confrontación, sino la armonía para lograr, a través de la unión, una fuerza de gran calado que resuelva los graves retos que se avecinan. Poco a poco vamos aprendiendo, como sociedad, que no nos conviene caer en el peligroso juego de la polarización. Que la respuesta ideal a esa violencia, hasta ahora verbal, no es otra cosa que la afanosa búsqueda de la concordia.
En UNID@S estamos construyendo un plan para un futuro gobierno de coalición. Para integrar las inquietudes de decenas de miles de personas ha sido esencial saber sumar, saber escuchar y comprender los puntos de vista de los demás, incluso si no estamos de acuerdo con ellos. Algo de verdad y de razón tenemos todas y todos. Concordia es ir al encuentro de puntos en común para resolver problemas diversos, sobre todo cuando tenemos diferentes opiniones o ideologías partidistas. Es ir en armonía buscando la fuerza de la inclusión. Concordia para que nadie se quede atrás.
* Cofundadores de UNID@S y @SocCivilMx
