A la vejez, ¿viruelas?

Lo que debería celebrarse como éxito colectivo se convierte en problema porque nos resistimos a aceptar que la vejez requiere recursos, políticas y escucha.

Por Jimena de Gortari Ludlow*

Los refranes son espejos de su época. “A la vejez, viruelas” proviene del Siglo de Oro y ridiculiza lo impropio de un acontecimiento tardío. La viruela era una enfermedad infantil; padecerla en la vejez resultaba absurdo. Con el tiempo, el dicho se volvió metáfora para quienes, siendo mayores, actúan como jóvenes.

Durante años lo entendí mal: creía que hablaba de la vejez como contagio. Y quizás esa interpretación equivocada revela algo real: lo que sí se transmite es el miedo social a envejecer, la burla hacia quienes viven con entusiasmo a edades avanzadas, la incomodidad frente a cuerpos fuera del canon de lo joven y productivo.

Hoy me obsesiona la pirámide poblacional invertida. En México, cada vez habrá más personas mayores de 70 u 80 años. Sin embargo, seguimos atrapados en una cultura que trata la vejez como anomalía, negando el valor de la experiencia, la memoria y los afectos que sostienen la vida social.

La paradoja es evidente: como sociedad hemos hecho todo para vivir más años —vacunas, agua potable, ciencia— pero no para acompañarlos con dignidad. Extendimos la duración de la vida, pero olvidamos garantizar cuidados, pensiones, ciudades accesibles. Lo que debería celebrarse como éxito colectivo se convierte en problema porque nos resistimos a aceptar que la vejez requiere recursos, políticas y escucha.

Además, tratamos a las personas mayores como si regresaran a la infancia. Decidimos por ellas qué comer, dónde vivir, cómo moverse. Esa infantilización niega autonomía y multiplica la sensación de pérdida. No se trata sólo de pensiones o salud: se arrebata el derecho a decidir.

Lo más doloroso es que lo que se contagia no es la vejez, sino el desprecio hacia ella. Repetimos frases que ridiculizan, políticas que relegan y una estética que expulsa. El verdadero problema no es que alguien a los 75 se enamore o a los 80 emprenda un proyecto. El problema es que vivimos en una sociedad incapaz de aceptar la vejez como parte legítima de la vida, que confunde fragilidad con inutilidad, retiro con desaparición.

Los refranes, aunque ligeros, son termómetros sociales. Decir “A la vejez, viruelas” perpetúa la idea de que la vejez es ridícula, cuando en realidad lo impropio son las pensiones insuficientes, los sistemas de salud colapsados, las ciudades hostiles donde caen en banquetas rotas o esperan horas un transporte que nunca llega. La vejez, en vez de ser acompañada, se vive con miedo: a perder autonomía, a volverse invisible, a ser carga. Ese miedo no es natural: lo produce un sistema que no ha sabido reconocer la longevidad como victoria.

Quizás no se trate de condenar al refrán, sino de resignificarlo. Leerlo como recordatorio de que la vida sorprende también en edades tardías. Que lo inesperado tiene derecho a irrumpir en la vejez: un deseo, un proyecto, una risa. Y aceptar también las pérdidas —la memoria que se fragmenta, las huellas invisibles— con paciencia y ternura.

Lo contagioso no debería ser el miedo a envejecer, sino la capacidad de acompañar, de sostener y de mirar con dignidad esa etapa. Que se nos pegue la ternura y la gratitud, no el desprecio. Que en vez de repetir el refrán como burla lo usemos como invitación a construir ciudades y comunidades que abracen la vejez sin miedo ni ridículo. Porque lo impropio no es que alguien mayor se atreva a desear. Lo impropio es que sigamos negando a la vejez el lugar justo, acompañado y luminoso que merece en la vida social.

* Arquitecta, investigadora, coleccionista de sonidos y activista contra el ruido. Coordina la Licenciatura en Arquitectura en la Universidad Iberoamericana.

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