Texas y la crisis perpetua del federalismo estadunidense

Por Alison L. LaCroix* Al reclamar para sí el poder de aplicar una política migratoria propia aunque se contradiga con la legislación federal, Texas ha reiniciado un debate sobre el federalismo que es tan viejo como Estados Unidos. Pero puesto que muchos de los ...

Por Alison L. LaCroix*

Al reclamar para sí el poder de aplicar una política migratoria propia (aunque se contradiga con la legislación federal), Texas ha reiniciado un debate sobre el federalismo que es tan viejo como Estados Unidos. Pero puesto que muchos de los participantes justifican sus posiciones invocando el pasado, es crucial contar la historia como fue.

Muchos citan la Guerra Civil como analogía (y advertencia) para el momento actual. Pero la referencia más exacta no es la guerra en sí, sino las cinco décadas de conflicto constitucional en gestación que la precedieron. Las semejanzas entre esos años y la actualidad deberían ser un llamado de atención para todos. En 1820, Thomas Jefferson describió los reclamos de derechos para los estados como una “alarma de incendio en plena noche”. En vísperas de la Guerra Civil, el presidente Abraham Lincoln proclamó en su primer discurso inaugural que “la Unión de estos Estados es perpetua”. Lo mismo hubiera podido decir: “El conflicto sobre la estructura de la Unión es perpetuo: lo ha sido desde que los redactores de la Constitución pusieron plumas a la obra en 1787”.

Entre 1815 y 1861, el periodo que denomino interbélico, los debates políticos y jurídicos en el país estuvieron dominados por discusiones sobre la naturaleza de la unión. Para los estadunidenses, quienes vivían bajo una multiplicidad de gobiernos, determinar cuál de ellos tenía el poder de decirles qué hacer —sobre todo en las áreas del comercio, las migraciones y la esclavitud— fue un tema de conversación y a veces de lucha.

Hoy usamos el término federalismo para referirnos a la relación entre los estados y el gobierno nacional. Cuando la Constitución instituyó la versión estadunidense de federalismo, la idea subyacente no era nueva. Se basaba en la teoría política europea y en la experiencia práctica de los colonos como súbditos del Imperio Británico. Lo novedoso fue que la existencia de varios niveles de gobierno se adoptara como ideal en vez de defecto. Los fundadores, entre ellos James Madison, vieron en una estructura que fuera en parte federal y en parte nacional, el mejor modo de lograr el objetivo de una “Unión bien construida”.

Cuando a principios del siglo XIX los estadunidenses comenzaron a discutir las nuevas cuestiones políticas que al parecer implicaban el federalismo, no tenían a los fundadores para que les dieran respuestas claras y sencillas. Fue una era de cambios acelerados. Estados Unidos experimentó una revolución mercantil, con la expansión de sus redes de transporte y comercio a la par de la del territorio (y de la expulsión de pueblos indígenas y potencias europeas rivales). Mientras la esclavitud se afianzaba en el sur y generaba conflictos por la expansión a otros estados, instituciones nacionales como el banco de Estados Unidos, el correo y los tribunales federales extendían el poder federal a más distancia y a más profundidad en la vida diaria de la gente.

El argumento de que los estados tenían derecho a determinar por sí mismos los límites entre su jurisdicción y la del gobierno federal reapareció muchas veces en las primeras décadas del siglo XIX. El caso más famoso fue en 1832, cuando Carolina del Sur declaró “nulas y sin valor” dos leyes arancelarias del Congreso y prohibió a los funcionarios del estado y del gobierno federal aplicarlas “dentro de los límites de este Estado”. La misma ordenanza también prohibió cualquier intento de cuestionar la anulación apelando ante la Corte Suprema de Estados Unidos un caso ya decidido por el tribunal superior del estado. Anular las leyes del Congreso, prohibir a los funcionarios aplicarlas y excluir la posibilidad de apelar la anulación ante la Corte Suprema implicaba una desvinculación entre el estado y los tres Poderes del gobierno federal.

En el periodo interbélico hubo muchos ejemplos de reafirmación de derechos de los estados, y no sólo en favor del esclavismo. En las décadas de 1840 y 1850, los estados del norte y del medio oeste invocaron la soberanía estatal para blindarse contra las leyes del Congreso referidas a los esclavos fugitivos. Massachusetts, Pensilvania y Wisconsin aprobaron leyes sobre la libertad personal que protegían a sus residentes afroamericanos de intentos de sacarlos del estado por la fuerza.

La respuesta de estos estados a la normativa federal sobre la captura de los esclavos fugitivos fue posicionarse explícitamente como partidarios de la doctrina de la anulación. En 1854, una convención contra los cazadores de esclavos celebrada en Milwaukee exhortó a la formación de una liga de estados. En una resolución conjunta aprobada en 1859, la legislatura de Wisconsin insistió en que el justo remedio a cualquier acto no autorizado que se realice o pretenda realizar con el pretexto de la Constitución era la “resistencia activa” (positive defiance) de los estados soberanos.

Pero más allá de la omnipresencia de conflictos sobre la jerarquía de los Poderes federal y estatal en la política y en la legislación de Estados Unidos a principios del siglo XIX, entre esas disputas y los debates actuales hay dos diferencias fundamentales. En primer lugar, los conflictos del periodo interbélico obedecían a disputas estructurales y tensiones entre diversas áreas, mientras que los de hoy son resultado de la polarización política.

En segundo lugar, la era constitucional en la que tuvieron lugar los conflictos interbélicos fue totalmente diferente de la nuestra. La insistencia de Lincoln en el carácter perpetuo de la unión configuró el significado de la Guerra Civil para Lincoln, para sus contemporáneos y para las generaciones futuras. Pero en aquel momento su aseveración era una mera hipótesis; sólo con la derrota de la Confederación en 1865 se convirtió en un hecho. Por eso debemos ver la historia de principios del siglo XIX como una advertencia. Revivir argumentos que por poco no destruyeron la unión es cosa muy seria.

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* Exintegrante de la Comisión Presidencial sobre la Corte Suprema de Estados Unidos, profesora de Derecho y asociada en el Departamento de Historia de la Universidad de Chicago.

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