El sistema fiscal suizo, una tradición secular de federalismo y democracia directa

Tenemos el poder de dar a nuestro gobierno federal el permiso para recaudar ciertos impuestos (o no) ¡e incluso definir los montos!

Por Louis-José Touron

Puede sorprender fuera de Suiza, pero, para mis conciudadanos, es lo más normal del mundo: tenemos el poder de dar a nuestro gobierno federal el permiso para recaudar ciertos impuestos (o no) ¡e incluso definir los montos! Eso fue nuevamente el caso el pasado 4 de marzo, a través de una votación popular que se inscribe en una tradición secular de federalismo y democracia directa.

En gran parte del mundo, los ciudadanos pagan sus impuestos a un Estado central que es el encargado de redistribuir esos ingresos a las diversas colectividades públicas: departamentos, comunas, regiones, etc. Lo mismo sucede mutatis mutandis en México, a pesar de ser una federación de Estados. En el caso de la Confederación Suiza, el sistema es diferente. Ahí, los tres niveles territoriales que tenemos son competentes para recaudar el impuesto: el Estado federal (o Confederación), los 26 cantones y las 2,222 comunas. El sistema fiscal suizo refleja una concepción del Estado propia de mi país, de su identidad político-cultural.

Es que el federalismo helvético está comprometido con la idea de subsidiaridad – en virtud de la cual la competencia en materia de servicios públicos le corresponde al nivel más bajo posible en la jerarquía de las colectividades públicas. La autoridad y el poder se estructuran según un modelo ascendente, de la base hacia la cima. La instancia superior solo puede intervenir a título “subsidiario”, persiguiendo un objetivo de compensación. La soberanía fiscal pertenece a los Cantones y sus comunas, mientras la Confederación sólo puede cobrar impuestos en los ámbitos y conforme a los límites establecidos por nuestra Constitución.

En 2014, 21% del total de impuestos percibidos en Suiza se fue a las cajas de las comunas, 33% a las de los cantones, y menos de la mitad (46%) a las de la Confederación. Cada entidad decide bajo procesos democráticos sobre el nivel de recaudación, y de forma correspondiente sobre la amplitud del gasto y los servicios públicos. Por ello, los impuestos varían de una comuna a otra y de un cantón a otro… lo que resulta en una fuerte competencia entre cantones y entre comunas, pues cualquier ciudadano y cualquier empresa puede escoger donde residir. Pero la emulación es sana, y este sistema puede felicitarse por una eficiencia relativamente alta en la oferta de servicios públicos y la gestión de los gastos públicos, de los más bajos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Además, cabe señalar aquí que no todo es pura competencia: el sistema tributario federal suizo integra también una dimensión de solidaridad vertical y horizontal entre entidades y niveles territoriales para compensar las disparidades estructurales (económicas, geotopográficas, sociodemográficas, etc.) en materia de capacidad financiera. Eso es lo que llamamos el principio de perecuación financiera. Se basa en el potencial de recursos de los cantones para distinguir entre cantones con un fuerte y cantones con un débil potencial de recursos. Los segundos reciben recursos de los primeros (perecuación horizontal) y de la Confederación (perecuación vertical). El todo revisado y aprobado de forma regular por votaciones populares al nivel de los cantones y a nivel federal según corresponde.

Es una peculiaridad que aún en nuestros días, la Confederación sólo tiene una competencia limitada en el tiempo para cobrar el impuesto federal y el impuesto al valor agregado, que en conjunto representan 60% de sus ingresos. Esta competencia se tiene que volver a aprobar cada 15 años por el pueblo y los cantones. Éstos se habían pronunciado por última vez en el año 2004 y para un periodo que cubre hasta 2020, y la nueva votación popular del pasado 4 de marzo prorroga con 84.1% de la población a favor el régimen fiscal actual hasta 2035. El federalismo financiero en su forma más purista que conocemos en Suiza es único en el mundo, como es también nuestra democracia directa. Ambos sistemas no son perfectos y necesitan una constante modernización y adaptación a los cambios que vivimos. Pero sigue inspirando a otros países federales que aspiran a un sistema basado en la subsidiaridad y en búsqueda de mayor eficiencia presupuestaria.

Embajador de Suiza en México.

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