Ayudar con hechos, no con discursos

Por Dahlia NeumannMiles de familias palestinas acudieron esta semana a los centros de distribución humanitaria en el sur de la Franja de Gaza. Allí recibieron cajas llenas de productos básicos, suficientes para alimentar a una familia de cinco personas durante una ...

  • Por Dahlia Neumann

Miles de familias palestinas acudieron esta semana a los centros de distribución humanitaria en el sur de la Franja de Gaza. Allí recibieron cajas llenas de productos básicos, suficientes para alimentar a una familia de cinco personas durante una semana. No necesitaron la intervención de Hamás, ni recurrir al mercado negro, ni pagar “impuestos”. Simplemente recibieron lo que les corresponde.

Entonces, ¿por qué se dice que esto no está bien?

¿Por qué hay críticas tan duras, incluso venenosas, contra este nuevo mecanismo que, en la práctica, ofrece una verdadera respuesta humanitaria?

¿Y, cómo es posible que estas críticas provengan precisamente de quienes se supone que deberían priorizar el bienestar de la población?

Durante meses, Hamás se apropió de la ayuda humanitaria en Gaza, controló su distribución y obtuvo beneficios económicos, mientras impedía que los civiles accedieran a ella. Las enormes ganancias no se invirtieron en salud ni en reconstrucción, sino únicamente en la industria del terror. Eso no es ayuda: es convertir la ayuda en arma.

Aquí es donde entra en juego el nuevo mecanismo: cuatro centros de distribución asegurados por empresas civiles internacionales, que operan con responsabilidad y transparencia, entregando los productos directamente a la población. Paralelamente, un mecanismo complementario gestionado por organizaciones reconocidas —como Unicef y el Programa Mundial de Alimentos (WFP)— asegura una cobertura más amplia, incluso en el norte de la Franja.

Este sistema no está administrado por Israel, pero sí coordinado con él, manteniendo un delicado equilibrio entre seguridad y responsabilidad: impedir que Hamás se rearme, al tiempo que se protege a la población civil. Y está funcionando: todos los días se reparten miles de paquetes.

Entonces, otra vez: ¿por qué no está bien?

Parte de la respuesta, lamentablemente, tiene que ver con motivos que no son humanitarios. ¿Luchas de poder? También. Cuando ciertos actores internacionales atacan este mecanismo sólo porque no pasó por sus manos, quienes pagan el precio son las familias que necesitan ayuda. La semana pasada, Tom Fletcher, alto funcionario de la ONU, declaró en una entrevista con la BBC que “14 mil bebés en Gaza podrían morir en 48 horas sin asistencia”. Ese dato, como se aclaró poco después, era totalmente falso. Incluso la BBC publicó una corrección. Pero el daño ya estaba hecho. Eso no es un error: es una grave irresponsabilidad.

La realidad es que, incluso en una situación tan difícil y compleja como la de Gaza hoy, existen formas correctas de ayudar. Este nuevo esquema es una de ellas: es un paso positivo, práctico, que impide que Hamás se apodere de la ayuda y pone a las personas por encima de los intereses.

Quizás por eso Hamás trató de impedir que la gente acudiera. Pero la realidad es más fuerte que cualquier campaña y la gente sigue viniendo.

Y aquí queremos hablar también a los ciudadanos de México que valoran la paz y se preocupan genuinamente por la situación humanitaria en Gaza. Si realmente quieren ayudar, vale la pena mirar los hechos: este mecanismo funciona, entrega alimentos y agua diariamente, salva vidas y refleja aprendizajes del pasado. No se trata de imagen, se trata de resultados.

Denle una oportunidad al nuevo mecanismo. Y quien insista en atacarlo, debería preguntarse si de verdad ve a las familias en Gaza o sólo el micrófono frente a él.

Temas: