Vlady
El muralista ruso-mexicano tiene una amplia exposición en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, de la UNAM, uno de los principales espacios culturales de México, en donde se puede apreciar el volcán de emociones del artista.
Por Luis de la Torre
El Antiguo Colegio Jesuita de San Ildefonso, hermoso edificio original del siglo XVI, ha sido uno de los más importantes espacios culturales del país como colegio, escuela de medicina, cuartel, preparatoria y cuna del muralismo mexicano. Hoy, como museo de la UNAM, nos ofrece una amplia muestra del gran muralista ruso-mexicano conocido como Vlady.
Vlady no es precisamente un genio del arte, sino más bien un volcán de emociones con un pincel en el mano, obsesionado siempre con la entronización del mal en el mundo, experiencia vivida profundamente con la Revolución Rusa.
A los trece años, Vlady acompaña a su padre, prisionero en un campo de trabajos forzados conocido como gulags, en la helada Siberia. Exilado a Francia, el joven Vlady conoce a André Bretón y Diego Rivera, quienes lo inclinan a la pintura. La ocupación alemana los lanza al Caribe. Estados Unidos les niegan la visa por ser comunistas y México sería su destino, sitio donde también se encontraba Trotski, perseguido por Stalin.
Vlady se encuentra con la estela de pintores mexicanos que se habían rebelado contra la pintura mexicana propuesta por los grandes muralistas que exaltan la Revolución. Vlady se adhiere a los artistas de La Ruptura: a Cuevas, Felguérez, García Ponce, Lilia Carrillo, Vicente Rojo, Gironella y demás, pero es el muralismo donde encuentra el espacio idóneo para mostrar el más agudo y penetrante concepto que tiene sobre la Revolución. Vlady no pinta para ilustrar un hecho histórico, sino que pinta lo apocalíptico, la maldad desgarrando al mundo, los cuerpos destrozados, mutilados, el color mismo expresa el primitivo sentido de la estupidez que se anida en el ser humano.
La pintura de Vlady no está hecha para agradar a nadie. Sus cuadros de gran formato que ocupan la planta baja del Museo de San Ildefonso se encuentran sin perspectiva en una museografía que tiene que recurrir a la información literaria.
Luego de recorrer esta exposición parece obligado acudir a la Biblioteca Lerdo de Tejada, en República de El Salvador, donde nos da la bienvenida el frente barroco de lo que fuera la capilla de San Felipe Neri, para entrar y sorprenderse con el exuberante mural de dos mil metros cuadrados llamado La Revolución y sus elementos, que pintara
Vlady durante diez años de trabajo abrumador. Ante su expectación, el incalculable valor de la biblioteca pasa a segundo término.
