Umbrales mínimos
Los huecos de lo humano.
Cuentos populares mexicanos (II)
Por Leda Rendón*
Imaginé un segundo texto sobre los Cuentos populares mexicanos recopilados y reescritos por Fabio Morábito muy diferente al que leerán, pero al darme cuenta de que había cambiado, en la entrega anterior, el nombre del Diluvio totonaco por el famoso título del musical italiano, me sumí en un estado de paranoia nocturna, las otras erratas cometidas en el pasado danzaban en círculos en mi cabeza. Por suerte pude dormir un poco y, mientras me soñaba en medio de una milpa seca y rubia, un rayo me despertó y al ver la lluvia en la ventana vino a mí la historia que me relató mi tía Martha, fue después de leerle varios textos de la compilación. El volumen tiene esa característica: quien lo lee quiere contar las historias del libro, pero también las que ha oído, vivido o imaginado.
Yo reinventé la historia de mi tía. Me coloqué en medio de una habitación y me convertí en princesa medieval comiendo una tortilla fría que me ofrecía una niña. Escuché el horrible grito de dolor de una mujer y un ruido fortísimo; me desmayé. Al despertar, la puerta del cuarto estaba arrancada, y salí, y me interné en el bosque; viví ocho años en una cueva con la muerte, tuvimos tres hijos, ella siempre estuvo custodiada por dos leones. Un día años después regresé ya muy enferma a la habitación y, grité de dolor y soledad, entonces supe que era yo a la que había escuchado sufrir en el futuro. En ese momento descubrí que las historias orales del libro ahora en su jaula querían seguir libres y atravesar otros cuerpos vivos, por eso me planteé la idea de contar mi versión de uno de ellos para el periódico. No lo logré con ninguno. “El problema es que no tengo audiencia viva”, pensé.
Entonces puse manos a la obra; durante las dos semanas que tuve de vacaciones me hice amiga de algunas señoras de la cuadra, y les empecé a contar los cuentos que me parecían interesantes. Al principio noté sus reacciones de extrañeza, pero después aparecieron con sus hijos; rápidamente tuve a siete niños con sus madres formando un círculo, y yo contándoles cuentos. A los pocos días, los chicos ya llegaron solos; me encontré, entonces, organizando actividades: una de ellas consistió en leer un cuento y después contarlo. Me sorprendió un chico que fue trufando con la historia preguntas que los otros intentaban responder. Contó La flor de Lily-Lo, y lo primero que cuestionó fue ¿por qué no iba el padre por la flor en lugar de mandar a los chicos? Luego continuó la historia y apuntó: ¿cómo unos padres pueden matar ellos mismos a sus hijos asfixiándolos con chile quemado?
Hubo más preguntas, pero estas dos generaron una discusión extensa. La conclusión a la primera interrogante fue que el padre estaba evadiendo su responsabilidad y, como parecía tan agobiado por no perder a su esposa, sus hijos pasaron a un segundo lugar. Después nunca llegaron a entender por qué unos padres matarían a sus hijos, no importa que fueran los asesinos del hermano menor. Yo los dejé hablar. Ya al final se me acercó una niña muy menuda y me dijo: “Yo creo que la historia trata de un mismo niño dividido en tres que murió y resucitó como el hijo de la virgencita, es posible que estuviera muy enfermo del espíritu y él no lo supiera, y todo sucedió en su interior”. Sin duda era una interpretación plausible, luego agregó: “Ya me compraron el libro, leí toda la noche y decidí que quiero dedicarme a escribir cuentos como esos, pero no le diga nada a mi mamá”. Estornudé y sonreí complacida. La niña se marchó abrazando el libro.
TÍTULO: Cuentos populares mexicanos
COMPILACIÓN Y REESCRITURA: Fabio Morábito
EDITORIAL: FCE, México, 2014; 595 pp.
