Museo Nacional de Arte
• Desde hace cuatro décadas, el edificio porfiriano, que fuera sede de la Secretaría de Comunicaciones, se convirtió en el palacio sede del arte mexicano desde la época colonial y hasta la primera mitad del siglo XX
Por Luis de la Torre
El amplio y hermoso edificio porfiriano que fuera Secretaría de Comunicaciones se destinó a museo hace cuarenta años para convertirlo en un palacio sede del arte mexicano, que abarca cinco siglos desde la época colonial al siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Esto es una pintura histórica, raíz y antecedente del muralismo y la escuela mexicana con su “ruptura” que enorgullecen la plástica mexicana.
Un recorrido por las salas del Museo Nacional de Arte (Munal) nos lleva al devenir histórico de la pintura en México. Desde su ubicación, este museo se encuentra en una atmósfera de arte mexicano, teniendo al frente el Palacio de Minería, a la vista del Correo Mayor, y al centro de la plaza una de las más bellas esculturas ecuestres del mundo, nuestro Caballito, por no decir Carlos IV.
Un excelente trabajo de museografía nos muestra en tres salas la evolución de la pintura mexicana y una sala más la dedica a la escultura, que se dio ya en la Escuela de
San Carlos.
El siglo XVI, el arte prehispánico desaparece. A partir de cero, lo colonial inicia un largo camino hacia las artes. ¿Qué podemos esperar de la pintura novohispana sin academias, sin escuelas, sin maestros? Tan sólo copias de grabados europeos y la granada presencia de
algunos pintores españoles, como el sevillano Luis de Vargas y, más tarde, tres o cuatro maestros que no podían ir más allá del arte religioso que llega a llamarse tenebroso. La pintura virreinal no inspira emoción alguna, aunque sí un gran respeto. Sus escenas religiosas tienen técnica y composición, pero carecen de espiritualidad.
Tendrían que pasar dos siglos para que los pinceles dejaran lo religioso y buscaran expresarse en la naturaleza, empezando con el bodegón y la “naturaleza muerta”. Frutas, flores, mantas y vasijas, con una naturalidad asombrosa.
Para la segunda mitad del siglo XIX vendría el paisaje. Aquí podremos hablar del “genio”. José María Velasco merece una sala permanente. Es el creador de nuevo mundo para la pintura. Sus paisajes son como un nuevo símbolo de la identidad nacional. Fue el más consentido discípulo de grandes pintores, como Santiago Rebull, Pelegrín Clavé, Manuel Fernández Carpio y Eugenio Landesio, para pasar luego a ser el maestro permanente durante cuarenta años de la Escuela de San Carlos y tener como discípulos a Orozco, Rivera y Siqueiros.
El paisaje en el pincel y el ingenio de José María Velasco llevan la pintura mexicana al reconocimiento universal. Sus cuadros son cautivantes. Sus cielos, sus nubes, sus crepúsculos nos reviven los lagos de Anáhuac y su colorido anuncia los grandes estadios en los que va a desplegarse la pintura mexicana.
