Multar

Por Luis Wertman* El respeto a cualquier regla o ley puede darse por diferentes razones. Éstas surgen de una sicología del comportamiento que engloba aspectos humanos que han sido estudiados por la ciencia para tratar de entender los motivos que nos hacen arraigar o ...

Por Luis Wertman*

El respeto a cualquier regla o ley puede darse por diferentes razones. Éstas surgen de una sicología del comportamiento que engloba aspectos humanos que han sido estudiados por la ciencia para tratar de entender los motivos que nos hacen arraigar o cambiar una conducta.

En términos generales, podemos dividir estas motivaciones en los siguientes ejes de comportamiento: La admiración que se siente por la norma (porque estamos convencidos de que funciona para mejorar nuestra calidad de vida) o por el miedo a la sanción que puede imponer una autoridad si la regla se viola; la autorregulación, que se basa, por un lado, en los principios y valores que nos inculcaron desde pequeños o por el sentimiento de culpa por saber que estamos cometiendo una falta; y la mutua regulación, que se da entre pares dentro de una sociedad y la cual se refuerza por la aceptación y el reconocimiento de una conducta (no fumar en lugares cerrados, por ejemplo) o por la vergüenza y el rechazo social que provocaría hacerlo. Pero la mente humana es compleja y en ella influyen otros factores que determinan nuestra forma de actuar en las calles. Una de nuestras principales demandas sociales es, precisamente, el respeto de la ley, la certeza de que no habrá nadie por encima de ella y además que habrá un castigo justo para quien tome la decisión de romperla.

Sin embargo, años de legítima desconfianza en las autoridades y de una convivencia distorsionada en la que la única ley que parece funcionar es la del más fuerte, han complicado no sólo seguir las reglas por convicción, sino hasta la aplicación misma de las sanciones.

A pesar de que no era una acción nueva, el gobierno de la Ciudad de México impuso un sistema de fotomultas para reforzar nuevas disposiciones de tránsito en una metrópoli cuya población de conductores muchas veces se distingue por manejar mal hasta los carritos del supermercado. Las críticas no se hicieron esperar y es uno de los principales temas de rechazo entre los capitalinos hasta la fecha.

¿Por qué los radares de velocidad funcionaron en el pasado y el sistema de cámaras y el nuevo reglamento de tránsito no, a los ojos de los conductores?  Primero, por la falta de una explicación clara acerca de los posibles beneficios que estas medidas traerían. No entraré en el debate que ya han abordado diferentes expertos en pro y en contra, sólo destacaré que todavía hoy, el conductor promedio no parece tener la garantía de que las disposiciones funcionaron o se respetan como deberían. Que no hubiera suficiente transparencia en el contrato con la empresa del sistema de cámaras tampoco ayudó a que, como sociedad, modificáramos muchos de los malos hábitos que mantenemos al conducir.

Dudo que exista alguien a quien le agraden las infracciones, pero soy mucho más escéptico de que encontraremos a una sola persona que no desee mejorar la movilidad en la Ciudad de México. Para ello necesitamos un marco legal claro, simple, transparente y enfocado en regular nuestro espacio en las calles. Creo que todos, ciclistas, peatones, automovilistas, taxis y unidades del transporte público cabemos, siempre y cuando respetemos el lugar que cada uno tiene para moverse. Y en una ciudad como la nuestra es fundamental que asumamos comportamientos distintos para que el respeto de las normas, las señales y los límites de velocidad se traduzcan en menor tiempo de traslado y en la recuperación del espacio público para otros fines que no sean tratar de pasar primero o quedarnos a la mitad de la avenida justo cuando aparece la luz ámbar del semáforo.

Si queremos que las multas, con foto o sin ella, no representen un recordatorio de nuestros malos hábitos y una molestia hacia autoridades en las que desconfiamos, ayuda que empecemos a convencernos de la utilidad de compartir el espacio público sin la necesidad de tantas normas o de la vigilancia permanente de las instituciones. Cualquier reglamento o disposición está sujeto siempre a mejoras y a correcciones, pero si no lo adoptamos como un código de principios y le damos un valor importante dentro de nuestra convivencia diaria, así sea el código perfecto de normas, será letra muerta en la realidad.

Este periodo de transición, y luego el cambio de administración, nos brinda una nueva oportunidad de dialogar, recomponer y explicar lo que a cada uno le corresponde para atender el problema de la movilidad en la capital del país. También es una oportunidad para emplear esa buena convivencia y solidaridad que surge entre nosotros en situaciones de emergencia para resolver un problema igual de importante: respetar la ley sin necesidad de que nos insistan en ello.

Twitter: @LuisWertman.

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