Los huecos de lo humano: Cuentos populares mexicanos (I)
Recuerdo que como al año y medio de edad caminé hacia la radio y pensé “esa caja cuenta historias”, fue ahí que el ritmo y el sonido en forma de palabras se agarraron fuerte de mi carne. Los cuentos son mi idea de ternura y de suspenso: oigo la voz de mi abuela ...
Recuerdo que como al año y medio de edad caminé hacia la radio y pensé “esa caja cuenta historias”, fue ahí que el ritmo y el sonido en forma de palabras se agarraron fuerte de mi carne. Los cuentos son mi idea de ternura y de suspenso: oigo la voz de mi abuela Trinidad contándome uno, me veo actuando historias para los chicos de la cuadra en un teatro arena improvisado. Quizá por eso los Cuentos populares mexicanos, recopilados y reescritos por Fabio Morábito, me hipnotizaron y pensé que un cuento de transmisión oral nace en el cuerpo de alguien, crece en la tierra común con la imaginación, los miedos y los sueños atrapados de muchos; y se alimenta del día y de la noche también. Leer un buen cuento es como hacerle preguntas a un oráculo; las respuestas son siempre ambiguas, profundas y misteriosas.
Los textos del volumen editado por el FCE fueron recuperados, en su mayoría, de la oralidad a principios del siglo XX por investigadores de diversas nacionalidades, por eso, explica Morábito, es posible encontrar, aunque se trate de un cuento proveniente de alguna lengua indígena, mucho del imaginario de la Edad Media. Morábito seleccionó el material y reescribió los textos con un espíritu literario. Los cuentos del libro son una amplia muestra de la voluntad de transmitir conocimiento, ideas morales y existenciales de generación en generación. Lo anterior es mediante algunas rarezas o repeticiones, por ejemplo, en El cuero de piojo una princesa se encariña con un piojo que engorda alimentándolo de una viejita, el bicho crece a tal punto que la muchacha manda a hacer un tambor con su piel.
Más allá de estos recursos mnemotécnicos, que sin duda resultan en una estética, encontramos lecciones de narración. Hay varios cuentos que me parecen enigmáticos y crueles; es el caso de El diluvio que viene: un hombre y una perra que sobreviven el diluvio comienzan a vivir como esposos cuando él descubre que la perra prepara tortillas con su traje de mujer. Luego tienen un hijo al que ella mata y prepara en tamales: el padre come uno con la manita del niño mientras llora. En ese rubro, con otros matices, está La flor de lily-lo; dos chicos matan a su hermano menor cuando encuentra la flor que salvará la vida de su madre. Más tarde, alguien sopla una flor del mismo árbol y el muchacho habla a través de ella acusando a sus hermanos, los padres lo encuentran enterrado y revive; luego entre todos asesinan a los muchachos envidiosos. La sexualidad en general es soterrada, pero en La hija del rey del Sol adorado el sargento le chupa los pechos a la princesa, frente a todos y después de su boda, para revivirla. Hay historias conmovedoras como la de El niño que contó las estrellas, también leemos cuentos graciosos como El perro topil, que guarda un mensaje para Tláloc en sus partes íntimas.
Existen en las historias varias constantes: niños abandonados que superan la adversidad, pobres que se vuelven ricos, ricos castigados por avaros, princesas que se casan con hombres “comunes” y viceversa; el personaje del compadre es recurrente; muchas veces los que otorgan dones son ancianos; poco se habla del origen de los personajes y la comida es protagonista.
Estos Cuentos populares mexicanos ponen al alcance del público algunas historias que hablan del encuentro profundo con deseos y pulsiones colectivas. Las narraciones del volumen son ritmos esenciales que trascendieron los tiempos porque hablan de lo que está allá abajo, en los huecos de lo humano.
