Gary o la utilidad de la vida
Por David Martín del Campo Fueron “muy, muy buenos años”, como lo recuerda Frankie Boy. Hace una semana depositamos las cenizas de El Gary en su urna de la parroquia de la Virgen de la Covadonga. Él, que militó en el agnosticismo absoluto; él, que de niño ...
Por David Martín del Campo
Fueron “muy, muy buenos años”, como lo recuerda Frankie Boy. Hace una semana depositamos las cenizas de El Gary en su urna de la parroquia de la Virgen de la Covadonga. Él, que militó en el agnosticismo absoluto; él, que de niño ordeñaba las vacas estabuladas en el patio familiar; él, que fue peluquero de Octavio Paz en la barbería Le Parisien del Paseo de la Reforma. Enrique Álvarez Barajas se ganó el mote por su parecido con Gary Puckett, líder de la banda The Union Gap a fines de los 60. Era hijo de don Rubén y doña Adela, cotijenses que migraron a la capital buscando el milagro que deslumbraba en las películas de Pedrito Infante. Así, atendiendo a las vacas metidas al fondo del patio en la colonia Aviación Civil, la familia logró la añorada movilidad gracias al puente de conocimientos que significó para los seis hijos la UNAM. Y Gary, por lo pronto, se hizo peluquero de medio tiempo, donde ciertamente atendía a don Octavio, con quien mantenía interesantes coloquios.
Matriculado en la Facultad de Ciencias Políticas, se inscribió en la carrera de Periodismo, donde tuvo como mentores a Miguel Ángel Granados Chapa, Froylán López Narváez, Hugo Gutiérrez Vega, Gustavo Sainz, Emilio García Riera, entre otros, que proporcionaron a su (nuestra) generación un bagaje inapreciable. Por aquel entonces, espoleado por Sainz, pergeñó una novela, Hasta los huesos, que don Joaquín Díez- Canedo aceptó publicar (en ella se narraban todo tipo de tropelías una peluquería), pero Gary se la arrebató, literalmente, “para revisarla”.
Capítulo aparte merece la mención de Sainz, porque en aquel tiempo seleccionó a un grupo al que “convirtió” a la literatura (Ángeles Mastretta, Rafael Vargas, Ignacio y Arturo Trejo, Pepe Buil), publicándoles sus primeros cuentos. Luego, por cosas del destino, se incorporó al prometedor unomásuno, donde optó por ejercer como editor, migrando tiempo después a la naciente La Jornada. Le quedaba tiempo de sobra para practicar el tenis, presentarse como locutor de TV UNAM, fumar una de Delicados al día, editar la revista Duda que dirigía Guillermo Mendizábal. Simpatizábamos con el Partido Comunista, la lucha contra la dictadura de Franco, las piernas de Laura León danzoneando.
Hicimos varios viajes de exploración y aventura a todo lo ancho del país, compartiendo cervezas en cantinas de cuarta y ligando gringas cuando se dejaban. Emprendimos lo mismo un viaje a Cuba, intentando rescatar las migajas del socialismo inicial, y una expedición mochilera por media Europa. Luego, un día, le cayó un rayo. Algo ocurrió con él porque de la noche a la mañana decidió abandonarlo todo para retirarse a la vida pastoril en Cotija, donde arrancó con sus hermanos una empresa agroalimentaria. Fundó el Club Campestre local (donde entrenaba el Atlas), se hizo campeón de carambola, casó espléndidamente, procreó un hijo más que ilustrado, y construyó una cabaña donde ejercía la filosofía y la agricultura. Ahí fue poco menos que feliz.
¿Qué ocurre en ese minuto? Al cumplirse la edad de Jesucristo algo se tuerce en las entrañas. Es hora de preguntar, “¿qué quiero con mi vida?”. La mayoría desoímos esa voz y continuamos como si nada. El Gary no: vendió su Mustang, guardó la biblioteca en cajas y se montó al autobús que lo llevó al pueblecito de José Rubén Romero y Marcial Maciel. Uno escribió esa novela deslumbrante, La vida inútil de Pito Pérez, el otro financió al Banco Ambrosiano… y cometió ciertos pecadillos. Así, con las disquisiciones de Pito Pérez en el campanario de Cotija, Gary decidió retornar al DF (no “la Ciudad de México”) y recuperar amigos y bravatas de cantina. Ya estaba malbaratando sus propiedades cuando el reloj le marcó el alto. “Hasta aquí”. No fueron malos años, cantaba Sinatra, sí, “it was a very good year”. Maldito Gary, no desperdició un minuto.
