Bosques: Eichendorff y la mujer como diosa

Por Leda Rendón Tengo un jardín con cactus color rojo, blanco y naranja, además de verde, son injertos que viven sobre un mueble blanco bajo una ventana; hay también una serpiente emplumada de papel, además de pequeñas cruces de plata con advertencias y espejos de ...

Por Leda Rendón

Tengo un jardín con cactus color rojo, blanco y naranja, además de verde, son injertos que viven sobre un mueble blanco bajo una ventana; hay también una serpiente emplumada de papel, además de pequeñas cruces de plata con advertencias y espejos de cobre diminutos. Mi virgen de Guadalupe observa a los objetos y plantas de forma plácida y tierna. En las pupilas de la estatua morena veo al sistema solar girando; mi abuela Trinidad me llevó desde pequeña a las procesiones a verla y tocarla. Para llegar a la iglesia pasábamos junto a un pantano grande con un muro de plantas de terciopelo café, yo me veía también caminando en ese paisaje como uno de los personajes cuando leía Caperucita Roja o Hansel y Gretel.

El olor del copal en las iglesias y las procesiones me produce una deliciosa melancolía, esa que proviene del sufrir, descubrir y gozar, como con la lectura de los relatos del alemán Eichendorff, escritor romántico conservador del siglo XIX que tiene poemas y novelas extraordinarios y también cuentos largos con historias complejas, en las que el cuerpo, lo político, lo mítico y la naturaleza, son el centro de dramas que ocurren en el pasado. Por ejemplo, Una expedición marítima es un acercamiento al nuevo mundo y ocurre en 1540. Es un paisajista minucioso, pensar su escritura en El castillo Durande y otras narraciones es ver al color verde palpitar en textos poblados de diosas antiguas, caballeros sufrientes y damas blancas, distantes y desconfiadas.

El libro contiene varios cuentos y dos novelas cortas, aunque el alemán produce, como afirma Miguel Vedda “una forma mixta entre la novela corta y el cuento maravilloso” (33). El castillo Durande relata el amor trágico entre un conde joven y una mujer del pueblo. Éste y la mayoría de los textos del libro ocurren en castillos rodeados de bosque, lo que provoca atmósferas de ensueño como en los cuentos de hadas. El gran tema de la compilación es la fascinación que ejercen las mujeres en los protagonistas masculinos. Las féminas de Eichendorff son siempre puertas vivas, hasta en sus últimos diálogos o apariciones dejan ver una ambigüedad en la supuesta entrega al hombre. Curiosamente hay siempre tríos amorosos; además, el otro, el ser amado y su naturaleza oscura, casi vampírica, está en relatos como La estatua de mármol. Los personajes masculinos de Eichendorff exigen a la mujer características celestiales: sólo lo divino, en comunión con la naturaleza y el arte, parece digno de ser amado. La mayoría de los personajes del libro tiene a sus réplicas dentro de la diégesis, tal es el caso de Venus y de Bianca en La estatua de mármol, Bianca, al final del relato, mira a Florio con “alegría incierta y reprimida” (178), pues quizá sospecha la triangulación del deseo. Así, Venus con su belleza y misterio otorga a Florio una visión sexualizada del mundo, que Florio interpreta como manifestación celestial en Bianca.

El jardín de la ventana desea a través de mí y entonces habito extensiones enormes de bosque repletas de especies. La serpiente emplumada de papel surca el lago de lodo salpicado de luces que flotan sobre espejos; y despierto y llueve fino. El último rayo de luz toca mi piel morena: no puedo moverme, soy estatua religiosa, raíz cósmica sobre un mueble blanco. La mujer que escribe pone una veladora a mis pies con niño y luna y suspira mientras se acaricia el pelo.

TÍTULO: El castillo Durande y otras narraciones

AUTOR: Joseph Von Eichendorff

EDITORIAL: Gorla, Buenos Aires, 2016; 392 pp.

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