Como estaba anunciado, este 21 de marzo se llevó a cabo la inauguración del Museo Juan Soriano en Cuernavaca. Finalmente fui invitado por la maestra Cristina Faesler, secretaria de Cultura; por congruencia con mis escritos no asistí, sin embargo, un amigo mío, a quien no le importó la condición peculiar del museo, asistió a la cita surrealista. Llegaron autoridades, amigos y celebridades del medio artístico en la capital morelense, quienes, tras visitar las salas de exposición desnudas y haber escuchado el mensaje “político y cultural” de las autoridades, compartieron un vino de honor, aunque el decoro fue lo que menos imperó en esta pronta. De entre los invitados había algunos “colados” de condición etérea, actitud lúdica y elegancia inusual, que recorrían las salas comentando y cuchicheando las inadvertidas y fascinantes obras del rey Juan que ellos, por su condición, podían ver, aunque a ellos, al igual que a las obras de Juan, nadie.
René Magritte comentaba, caminando del brazo de Max Ernst, lo mexicano que resultaba el retrato realizado por Juan a Pita Amor en 1948: desnuda del torso y tocando una lira sin cuerdas, o el colorido dramático del de Lupe Marín, realizado en 1945, no menos genial, magnífico. Salvador Dalí, con su distinguido porte, su capa con cuello de armiño y su bastón de ébano con una empuñadura ostentando la imagen de un dragón en plata y marfil, que iba acompañado de un grupo de colegas: Leonora Carrington, André Breton, Óscar Domínguez y Louise Bourgeois, entre otros, comentaban y admiraban el retrato de Luis G. Basurto de 1940; a decir de Breton, el color de la obra recordaba los tiempos de la guerra y las manos de Juan al gran maestro El Greco.
Así, mientras la clase política hablaba de “ya sabes quién”, Marcel Duchamp, sensiblemente molesto, lamentó que no hubiese un orinal disponible en ninguna de las salas y que tendría que bajar hasta los sanitarios a “echar las aguas”. “Yo te acompaño”, dijo Chagall, “he bebido mucho y tengo que eliminar el ácido úrico”. Un grupo de mujeres en una de las salas menos concurridas, entre las que se distinguían Frida Kahlo, Remedios Varo y Kay Sage, admiraban una de la obras más emblemáticas de Juan, el retrato de Lola Álvarez Bravo con Juan Soriano niño. “Mira que hay que tener tamaños para retratarse como niño”, comentó Frida, “y este autorretrato con esas expresivas manos que denota el sentido del humor casi divino de Juan, ¿no les parece magnífico? A mí me parece genial, como este otro, Retrato de niña con pollo, de 1941. Sin duda expresa una realidad infantil”.
Francis Bacon deambulaba solo por el museo y salió a uno de los patios a fumar bajo un gran árbol. Desde ahí pudo ver que se acercaba lo que le pareció un perro mediano, muy negro, casi azul acero, y detrás de él, caminando al otro extremo de la correa, coexistía Dolores Olmedo, quien se había colado al igual que los demás personajes etéreos a la inauguración y que también salía al patio a tomar el fresco, ya que su xoloitzcuintle tenía necesidad de “dialogar” con ese magnífico ejemplar de jacaranda que estaba ya en flor, se acercó a ella con intención de saludar: “Querido maestro, ¿qué hace usted aquí tan solito?”. A lo que respondió: “Tomando el fresco. Ya ve, hay mucha gente y no hay aire acondicionado en las salas; no de momento, pues el edificio no está terminado”. De repente, de la nada, se acercó a ellos Juan Orol, quien los saludó: “¡No cabe duda, la vida es peor que cualquiera de mis películas!”. Al fondo sentado —en la sala que será destinada a artistas invitados— en una silla de madera vieja y maltratada que anuncia una digna pieza de Gabriel Orozco, estaba Edward Gorey, libreta en mano tomando notas para su próxima novela.
