Movernos

Nuestra necesidad de movilidad en la Ciudad es apremiante. Mientras la velocidad promedio en automóvil desciende de manera constante y con ello aumenta el tiempo de traslado, la concentración de autos a todas horas somete a la capital a una prueba de esfuerzo ...

Nuestra necesidad de movilidad en la Ciudad es apremiante. Mientras la velocidad promedio en automóvil desciende de manera constante (y con ello aumenta el tiempo de traslado), la concentración de autos a todas horas somete a la capital a una prueba de esfuerzo permanente.

Lo irónico es que las distancias no cambian. Un buen ejercicio para comprobarlo es recorrer el paseo ciclista los domingos. Cruzar de Polanco hacia la Condesa es un trayecto rápido si se hace en un medio de transporte que no sea el auto. Incluso, las primeras pruebas, esta semana, de las nuevas unidades eléctricas por parte de usuarios de Ecobici demuestran que hasta las subidas más pronunciadas se pueden cubrir con buen pedaleo y un motor.

Sin embargo, seguimos sin adoptar realmente una cultura de la bicicleta, la motocicleta, la motoneta o hasta del patín del diablo para trasladarnos. El primer obstáculo es que los conductores consideran tener una preferencia que sólo se puede explicar por dos elementos: El mayor peso del automóvil frente a los cuatro vehículos anteriores y el estatus aparente que da manejar un coche. Claro, eso hasta que uno se cruza con un temible microbús o un intimidante camión de volteo.

En la soterrada guerra por el espacio público, es cierto también que a nosotros —ciclistas y peatones— tampoco nos va mejor en lo que a cultura vial se refiere. El ciclista toma las banquetas anchas como ruta y los peatones somos unos profesionales en el “culebreo” entre los coches.

La realidad es que todos cabemos si podemos ocupar el espacio que nos corresponde y actuar no sólo con urbanidad, sino también con cultura de movilidad. Queremos llegar rápido, aunque es posible que nuestra meta sea llegar primero que el de al lado; queremos que nadie nos moleste en el trayecto, aunque buscamos lograrlo incomodando a los demás; queremos calles libres y hasta desiertas, pero a costa de que otros sean los que se bajen de su auto.

En una ciudad con las mismas calles (y distancias) un aumento del parque vehicular puede ser mortal para la movilidad más elemental. El número de autos nos empuja cada vez con más fuerza a adoptar medidas y políticas públicas que nos bajen del coche a la fuerza, como ha ocurrido en otras ciudades rebasadas por el tráfico.

Tenemos una buena oportunidad para hacer esa transición de manera gradual y convencidos de que ese es el mejor camino para mejorar nuestra calidad de vida. No quiero mezclar este tema con un matiz político, a pesar de que es otro ejemplo claro de lo que vivimos diariamente: Dos precandidatos sorprendidos por lo que tardaron en subir hasta Santa Fe (lo que hacen miles de personas a toda hora) y la réplica de otros políticos haciendo el trayecto en bicicleta en menor tiempo.

Durante muchas décadas hemos pensado a la ciudad como un sitio para automóviles, camiones y autobuses, cuando esta metrópoli nunca fue diseñada de esa forma e incluso podría asegurar que, en muchas etapas, se proyectaron obras con la creencia de que optaríamos por otros medios de transporte.

¿Qué podemos hacer entre tanto? Una buena práctica es compartir el automóvil. Si maneja por cualquier avenida principal, y es hora pico, cuente el número de coches que sólo llevan una persona (empezando por el propio) y organice con sus colegas del trabajo o de la escuela el próximo traslado. Tomar la bicicleta, y respetar el reglamento de tránsito mientras circulamos, siempre será una excelente idea; de la misma manera con motonetas y motocicletas (en regla), y el hábito de caminar es otra medida insuperable para vivir mejor.

Si las recomendaciones anteriores no lo convencen, usar el transporte público de manera organizada también es una decisión que mejora no sólo la vida cotidiana, sino también los ingresos familiares. Ya sé que le falta mucho para que sea un transporte como el que soñamos; sin embargo, le pido que lea los últimos reportajes sobre el metro de Nueva York y saque sus conclusiones, donde quiera se cuecen habas.

En otro tema, cada sismo nos pone a los chilangos a prueba, no lo olvidemos. Los del viernes dejaron claro que no empujamos, no corremos y no gritamos, aunque sí lloramos y sí nos espantamos. No obstante, volvimos a ser esa misma sociedad preocupada por el otro. El llamado es sencillo: ahora que nos agarramos otra vez de la mano, no nos soltemos.

                Twitter: @LuisWertman

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