Umbrales mínimos

Alucinación controlada: Sergio Ramírez, cincuenta años de cuentos

Por Leda Rendón

Me deslizo sobre el muro volcánico coronado de hierbas secas y nopales que está frente a mi ventana. Me veo tirada sobre la cama roja, estoy más vieja. Mis dos pares de ojos chocan, todo rebota, yo chillo, la de la cama roja jala la boca a la izquierda. Hay mucho ruido a mi alrededor: taladros, voces, música. Soy parte del universo animal que a diario veo en los recovecos del muro volcánico,

y oigo sobre mi cuerpo peludo siempre solo, siempre deprimido, la existencia de los otros bichos negros y asquerosos de la piedra, ahora inmensa ante mis ojos. Como animal

del muro me pregunto algo extraño: de qué manera se conectan los buenos escritores con la vida de la tierra y sus frutos, ya mecánicos; ya biológicos, oníricos o ideales. Rulfo, Pessoa y Borges cómo lograron fabular lo universal desde la apropiación de apenas un milímetro del alma

de lo existente.

Antología personal. Cincuenta años de cuento, del nicaragüense Sergio Ramírez, es una compilación a la que vale la pena acercarse. Varios cuentos son extraordinarios, aunque yo prefiero la vena fantasiosa más libre de sus primeros años, creo que allí está lo mejor de su obra reunida en este último libro. Los textos con los que inicia son unas joyas temblonas y lechosas que exploran lo político muy de la mano de lo personal y lo literario, y es la imaginación chispeante de Ramírez la que le permite hacer giros inesperados en ideas por demás divertidas como la de un filólogo que dará a conocer en breve la palabra más hermosa del mundo. El país entero se detiene ante tal expectativa. La magia anterior está en los demás relatos, pero la forma de tratar los temas aleja al compatriota de Rubén Darío del abismo personal. Es difícil clasificar a Ramírez porque no es Carlos Fuentes, pero se parece en la forma de contar; no es García Márquez, pero hereda algunas resoluciones narrativas. Tampoco es un raro como Wilcock, Macedonio Fernández u Onetti, aunque por momentos una locura ancestral fluye bajo sus textos. El lenguaje está más trabajado en los últimos relatos y Flores oscuras cierra el libro muy bien.

Supe de Ramírez cuando lo escuché dictar una conferencia en 2008 sobre El arte de narrar. Esa vez me asombró su forma directa y reveladora de pensar el oficio del escritor. Su voz en todas las narraciones de este libro es la de un maestro, aunque no comparto alguna de sus elecciones temáticas como la de tres amigas que se reúnen cada cierto número de años y se dicen cómo ha ido su vida en el cuento Aves canoras: por qué cantan los pájaros. No obstante, muchos cuentos se me revelaron vibrantes con una imaginación como de alucinación controlada. En esta categoría hay relatos como Félis Concóloris, Nicaragua es blanca, De la afición a las bestias y Charles Atlas también muere.

Comienzo a sentir un hormigueo de arrullo en la cabeza y me parece que todo lo que hice en el día para sobrevivir valió la pena, es como un estado de gracia. Un bicho chistoso y peludo me mira desde el muro volcánico. Me descubro entregada a algo que no soy yo y me siento en comunicación profunda: dentro de algo soy otra cosa como al leer a Sergio Ramírez. Siento un ejército de patitas sobre mi cuerpo, pero no veo nada. El bicho chistoso y peludo golpea mi ventana y sonríe, pone vaho en el vidrio y escribe: “Hola Leda”, mientras coge una araña de su cabeza y la mastica.

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