Cuento joven mexicano: La sequía, de Elena Moncayo

Por Leda Rendón Y entonces recordé que de niña acostumbraba pasar horas viendo la pared verde desgastada del jardín de mi abuela. Yo era el muro y sus formas provocadas por la lluvia y el tiempo: más vieja, como hombre, perro, libélula, insecto palo, lámpara, ...

Por Leda Rendón

Y entonces recordé que de niña acostumbraba pasar horas viendo la pared verde desgastada del jardín de mi abuela. Yo era el muro y sus formas provocadas por la lluvia y el tiempo: más vieja, como hombre, perro, libélula, insecto palo, lámpara, huevo... Me vino esa vida infantil frente al muro cuando leí La sequía, de Elena Moncayo, quizá por las formas variadas que adquiere una misma voz narrativa andrógina en sus relatos, tal vez por la tristeza que transmiten. La autora escribe personajes que parecen muertos hace mucho tiempo. Tuve la impresión al leerla de asistir a un laboratorio escritural en blanco y negro con inclinación por el lenguaje y no sólo por la imagen como muchos narradores contemporáneos. En el libro habita la nostalgia, la autodestrucción y la locura. Las sensaciones que construye Moncayo son muy cercanas a las de la poesía; un choque entre la garganta el estómago y la mente.

En El espejo la víctima y el victimario son uno, multiplicados en el tiempo y el espacio. El cuento resulta el mejor logrado y relata la historia de una madre con su hija que, al mismo tiempo, parece ser una repetición de la vida de la madre-narradora con su propia madre. Tres generaciones son una sola. El espejo es un texto ambiguo, con él nos sumergimos en una suerte de ecuación que permite la multiplicación de todo, se trata de un espejo, metafóricamente, de dos caras, una ve el pasado; la otra el futuro, así disecciona la personalidad de la protagonista y la presenta con toda su inclinación a la autodestrucción y también al exterminio del otro. Esto recuerda nuestra fragilidad y capacidad ilimitada para acabar con lo que nos es más cercano y amado. ‘Ominoso’ sería el término adecuado para describir este cuento en el que la hija desprecia profundamente a la madre: “Desde muy chica, cuando la cargaba, quería zafarse de mí, no se estaba quieta; al principio pensé que era cosa de carácter, luego supe que en los brazos de sus maestras hasta se quedaba dormida” (24).

La esencia en los cuentos de Moncayo es, al mismo tiempo, cosmopolita y local. En La sequía el tema del doble es una constante; ya visto como Narciso contemplando su propia imagen (El espejo), o como una mujer de niebla, además de otros fragmentos dobles en los relatos. En el cuento Niebla la protagonista es una potencia natural y además una joven que lleva una linda vida cotidiana; casi “Diosa”; heroína de cómic: una hembra-niebla-musical. Es lindo cuando se habla del cuerpo amado: “Después su espalda de dunas donde a cada paso yo, explorador novicio, me perdía. Aquellas noches junto a su desnudez quise volverme luz y titilar sobre su piel de estrellas donde la infinitud nace” (49).

Hay humedad, mucha humedad literal y metafóricamente en La sequía; la vejez es uno de los temas constantes. Vemos a una narradora que escribe con una voz del pasado: clásica y contenida, quizá me gustaría ver más atrevimiento en algunas tramas y personajes. Sin embargo, estamos ante un primer libro pulido en la frase; trabajado con pulcritud, en el que es posible atisbar a una narradora comprometida con sus obsesiones, que rasca en lo negro, en el centro. Es importante que el sello Cuadrivio publique a jóvenes cuentistas cuando a las grandes editoriales poco les importa ese género. Moncayo revela una sensibilidad interesante y profunda, habrá que observar sus siguientes producciones.

Temas: