Las ciudades de nuestro ayer

Por Eugenio Castillo Cada forma que se manifiesta se apoya en una que deja de serlo. En cada paso, la muerte forma parte indisoluble de la vida. Y como muchos polos de este plano dual en que nos experimentamos la luz y la oscuridad, el frío y el calor más que oponerse, ...

Por Eugenio Castillo

Cada forma que se manifiesta se apoya en una que deja de serlo.

En cada paso, la muerte forma parte indisoluble de la vida.

Y como muchos polos de este plano dual en que nos experimentamos —la luz y la oscuridad, el frío y el calor— más que oponerse, se complementan.

En cierto sentido, la muerte define a la vida y ayuda a comprenderla.

Pero ¿qué nos ayuda a entender la muerte?

Es insuficiente la información que nos proveen los sentidos habituales (¡Sí, los famosos cinco!).

Tal vez por eso la relación que guardamos con ella es una de las características más distintivas de la identidad nacional.

Hurgamos en sus entrañas para conocer el nuevo estado de nuestros difuntos y del afecto que a ellos nos mantiene unidos.

La volvemos familia al hacerla partícipe en las  ofrendas de sus antojos y gustos favoritos. 

En estas fechas en que recordamos a nuestros muertos, podríamos dedicar un espacio a la ciudad, a las ciudades de nuestro ayer, esas que ya fuimos y dan origen a la que hoy somos.

Si nos presentaran en una secuencia vertiginosa las estampas que capturan los momentos distintivos de su historia, desde su origen hasta nuestros días, seríamos testigos de la transfiguración de su rostro a través de la plasticidad inverosímil de infinidad de cambios.

Como primera escena veríamos a una multitud hambrienta y fatigada atestiguando el alumbramiento de su fundación. A la orilla de un enorme espejo de agua, contempla extasiada la escena:

La esperada señal que ofrenda un sacerdote emplumado en espinoso altar.

En el islote que observan, sobre un nopal el águila imponente somete a una serpiente.

Miles de voces martilladas por risas y llantos, voces de niños, de mujeres, de hombres y ancianos forman un caldo sonoro que inunda el Valle y proclama, como lo hace un recién nacido, su arribo a la vida. 

Al igual que éste, han tenido una gestación paciente y laboriosa, nutridos por la ilusión y la esperanza de una vigorizante promesa que ahí se cumple.

Luego de un peregrinaje secular sorteando peligros, resistiendo la precariedad, llegan al encuentro con la tierra prometida, que en este caso resulta ser más que nada agua.

Agua generosa en vida que los resarce.

Que desarrolla en hechos la grandeza y gloria de su genética onírica.

Emergen así las majestuosas pirámides.

Los ritos y sacrificios propiciatorios también fertilizan el desarrollo de esta esplendorosa cultura.

Otra imagen representa un nuevo encuentro.

La alucinante aparición de seres de extrañeza tan extranjera y ajena, los deja pasmados, rendidos ante la apabullante tangibilidad de lo desconocido.

Sólo una explicación encuentran: es el castigo divino a una falla soslayada.

Algo debieron hacer mal.

Quizá fue su osadía.

O tal vez se trate tan sólo del cruel capricho de una profecía...

El agua se llena de fuego.

Poco a poco la piedra la avasalla.

Un esplendor distinto brilla ahora en el Valle.

Catedrales y plazas sonríen en este nuevo rostro. Agraciado y vanidoso, plagado de ingenio, canta alegre a la vida y a sí mismo.

Demasiados dones en el crisol forjan una joya de codicia, injusticia y envidia.

Una violenta turbamulta acecha al Valle, pero su solo gesto majestuoso hace titubear al líder libertario que inhibido recula.

Otras incursiones no guardan el mismo respeto.

El rostro se transforma.

Pero la gema mantiene las facetas de discordia.

Llega el afrancesamiento con su grandioso boulevard y monumento que hemos vuelto emblema, el art déco y la modernidad, que enriquecen sus rasgos.

La sobrepoblación le imprime un carácter abigarrado y atroz.

En una red inmensa de luces cobrizas ofrece sus fulgores a los ojos de quien llega en vuelo nocturno.

Su grandeza, se tiñe de gigantismo.

Todos esos rastros, huellas y vestigios palpitan bajo el rostro actual de la ciudad que hoy somos.

Al igual que nuestros muertos, disfrutan de la ofrenda con sus aficiones y costumbres.

Recuperemos nuestra ciudad de agua y la mucha vida que ofrece.

Conmemoremos a las ciudades de nuestro ayer, reviviendo su gloria y grandeza con nuevas hazañas.

Mantengamos la conciencia solidaria que despertaron los sismos y estampemos en la joya del Imperio el sello indeleble de la hermandad.

Temas: