Reconstruir

Los protocolos que aprendimos hace tres décadas funcionaron si se mide por el número de personas evacuadas. Los rascacielos probaron que los sistemas antisísmicos son los correctos

Por Luis Wertman Zaslav

En horas, el puño en alto se convirtió en el símbolo de una ciudad que no sabe rendirse. Su sociedad tomó el control de las calles en medio de la emergencia natural más grande en 32 años. A mí me tocó a la altura de Paseo de la Reforma y la Puerta de los Leones, en Chapultepec. Aún en el terror, nos dirigimos hasta los puntos de resguardo en orden, sin gritar, sin empujar.

Después, la crisis general. Caminé hacia la sede del Consejo Ciudadano en la calle de Amberes, esperando lo peor porque la señal de la telefonía celular estaba interrumpida. A la altura de la glorieta de La Diana, varios empujamos un par de autos que se habían quedado sin batería de la impresión, supongo.

Los protocolos que aprendimos tres décadas antes funcionaron, si se mide por el número de personas que fuimos evacuados en segundos. Los rascacielos, que se han vuelto tan comunes, probaron que los sistemas antisísmicos son los correctos, pero no me imagino cómo se sintió en un piso 50.

No hubo la misma suerte en zonas de las colonias Centro, Roma, Condesa, Portales, Del Valle, Narvarte, en Tlalpan, Xochimilco y Tláhuac. Igual que aquel 19 de 1985, muchos no pudieron salir a tiempo. Recordamos en instantes dónde estábamos y qué pasó con nuestra vida a partir de entonces; muchos otros, que seguramente habían escuchado las historias hasta que las olvidaron, vivieron por primera vez lo que es un terremoto en la Ciudad de México.

Sin embargo, la reacción solidaria de la gente fue similar. Con el transporte público colapsado y el tránsito vehicular en el caos, muchos hacían de todo para llegar a sus hogares y con sus familias; otros corrían casi por instinto a donde pudieran apoyar.

En paralelo, policías, militares, bomberos, marinos, rescatistas y voluntarios comenzaron de inmediato con el rescate. Después de tantos años, todos ellos siguen con mejores reflejos que cualquier institución, empresa o partido político.

Esa tarde organizamos brigadas, puntos de acopio y hablamos con los vecinos de esas mismas zonas en las que trabajamos semanalmente. Para la medianoche de ese martes, la ciudad que nunca se detiene era un pueblo fantasma.

Sentimos que la noche duró más de lo que señalaba el reloj y el miércoles el escenario era una mezcla de desolación y esperanza. Conseguimos motociclistas y recorrimos las zonas afectadas. Cientos de personas estaban ayudando. En la calle de Medellín y Viaducto trabajaban sin rangos ciudadanos y militares, marinos y brigadistas, policías locales y federales.

No lo registré en ese momento, pero lo sorprendente era que, a pesar de los gritos, no se escuchaba una sola grosería, que por lo demás hubiera estado justificada al menos para desahogar la emoción.

Tengo imágenes en la memoria que llevaré por siempre. Una joven bajita dando órdenes con la autoridad de un general de división; un hombre entregando al paso tacos de guisado a una velocidad de relámpago; otro vestido de saco a cuadros y pantalón negro con un marro en la mano, como si fuera normal ir a la oficina cubierto de polvo. Y de nuevo el puño en alto, que dejaba en silencio, en suspenso, a una metrópoli conocida por ser ruidosa.

También hubo indiferencia, excesos informativos, reportes falsos y el protagonismo que nunca abandonan sucesos como éste. No obstante, la colaboración y la empatía dejaron, hasta ahora, en segundo término cualquier intento de sacar raja de la tragedia.

Esto apenas empieza, vienen semanas complejas porque ahora tenemos a muchos capitalinos sin hogar y edificios en mal estado. No creo que perdamos fuerza para seguir apoyando, pero es importante convocar a todos a mantener las tareas de rescate. Luego vendrá la reconstrucción, un proceso que deberá ser transparente y de cara a la sociedad. Para la atención sicológica y jurídica, todos contamos con el 5533-5533 las 24 horas del día.

Busco la palabra exacta que defina lo que nació —o ya estaba ahí— en el momento en que salimos a ayudar a otros. No la encuentro, aunque sé que describe un sentimiento de orgullo, integridad, coraje y dignidad, que espero nos acompañe durante mucho tiempo.

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