Umbrales mínimos
Aureola negra de moscas.
Wakefield, el paria del universo.
por Leda Rendón
Llevo semanas casi sin salir de mi cama y estoy segura no sólo de que la tierra es plana y acolchada, sino que el universo entero también lo es. Mis perros han comenzado a cazar ratas y tlacuaches del jardín: una montaña de carroña junto a mi escritorio tiene una aureola negra de moscas. Veo acicalarse al gato con paliacate verde en el cuello. Pronto se me acabará el dinero y tendré que dejar la casa para buscar comida. Viviré, como el Wakefield de Doctorow, de lo que las personas tiren a la basura. Me entristece pensar que yo no tengo, como el protagonista del cuento Wakefield, de Hawthorne, alguien que me espere frente a la chimenea durante años, y sin embargo, quiero como él dejar de ser; alimentar la hermosa sensación en el estómago que produce el abandono de las exigencias del mundo civilizado.
En el texto de Hawthorne, Wakefield somete a su mujer al mismo régimen ascético que se impuso él: una mañana dice que estará de viaje aproximadamente una semana, toma la diligencia y se instala a la vuelta de su casa 20 años. La crueldad para con su esposa es gratuita, absurda y, por lo tanto, enigmática. En el cuento de Doctorow, la pareja tiene unas gemelas que acompañan a la madre, también aparecen dos jóvenes discapacitados que ayudan a Wakefield; además está su rival en el amor. Así, cuando el viejo amante de su señora aparece, él decide regresar.
En el primer caso, el protagonista regresa a su casa guiado quizá por algo que lo saca de la animalidad; en el segundo texto es el deseo del deseo lo que provoca su regreso al hogar. Ya Borges señaló el carácter alegórico de los personajes en Hawthorne, también Doctorow lo supo y trabajó con esas imágenes a las que vuelve de forma un tanto literal. En el Wakefield de Doctorow la soledad es relativa y el cuento se debilita, en el texto de Hawthorne la soledad es total y adquiere matices épicos.
Wakefield se convierte en los dos relatos en un ser salvaje que, separado del mundo, aunque dentro de él, adquiere la calidad de santo iluminado por los demonios del destierro. Es posible que Wakefield al abandonarse generó en torno suyo una especie de hoyo negro, se volvió invisible; al escapar parece querer renovar su deseo por la vida, mientras tanto, nadie es digno de su abrazo y su presencia. Por su parte, la señora de Wakefield lo olvida. Tanto Hawthorne como Doctorow condenan a su personaje a un autoexilio voyeur, los cuentos plantean una extraña paradoja en la que un hombre ve su vida sin estar él en ella y cunde el pánico, porque entonces parece que en el amor basta con que uno en la pareja ame.
Sigo sin poder moverme de la cama, me consuela pensar que Onetti pasó gran parte de su vida en ella y fue capaz de construir espacios atroces y bellos. Pero yo que poseo una imaginación común y un espíritu propenso a la locura estoy condenada a perderme, definitivamente como Wakefield, en un absurdo aterrador. Hoy, con mucha dificultad me arrastré fuera de la casa y compré Wakefield, una película de 2016 dirigida por Robin Swicord. En ella “el paria del universo” se convierte en una especie de fantasma que repta entre los tiliches de su ático. El filme está basado en el cuento de Doctorow enteramente. ¿Por qué este renovado interés por una historia por demás rara, precursora de los textos de Melville y Kafka? El mito del salvaje sigue siendo muy poderoso al parecer. No ha parado de llover y los perros entran a la casa empapados; llenos de lodo y porquería, uno de ellos trae al gato con paliacate verde en el cuello en el hocico y lo arroja a mis pies.
