Habitabilidad
Las políticas públicas se han orientado hacia la atención social, la seguridad y la movilidad
Luis Wertman Zaslav
Las consecuencias de las decisiones, buenas o malas, que se han tomado sobre el destino de la Ciudad de México nunca son inmediatas. En una metrópoli de este tamaño, las acciones tienen una repercusión a lo largo del tiempo y sus efectos deben ser evaluados bajo la lupa de las tendencias que se producen, las cuales permiten saber qué tan arraigados están los malos hábitos, cuán eficientes son las buenas políticas públicas e incluso, la evolución de los delitos.
Esta resiliencia natural de las sociedades en las grandes urbes puede aprovecharse para dar una nueva dirección a la capital del país, a partir de la innovación, la tecnología, y en especial, un sentido claro de habitabilidad.
Durante mucho tiempo, las políticas públicas se han orientado hacia la atención social, la seguridad, los grupos vulnerables, la autonomía política, la movilidad, el cuidado del agua y la infraestructura pública, pero de manera fragmentada y no como una estrategia integral que mejore la vida diaria de quienes vivimos o convivimos aquí.
Tal vez es el diseño de la administración pública o el origen de la capital moderna como un distrito federal y no como un estado del país (no uno más) lo que hace que muchos de los esfuerzos se desarticulen a la hora de impulsar una visión de lo que podría ser el futuro de la Ciudad de México.
Es probable que necesitemos un nuevo modelo y no la eterna modernización institucional, que parece ir siempre un paso atrás de lo que ocurre en la realidad. Este modelo puede ser uno que conjunte todos los elementos que se requieren para disfrutar de una mayor calidad de vida.
¿Y qué piezas son las que podemos embonar en un modelo de habitabilidad? Primero, la idea clara de que es fundamental construir movilidad, aunque no sólo por medio de un sistema de transportación moderno y seguro, sino un sistema que permita a los capitalinos, oportunidades de empleo, de vivienda digna, de espacios públicos que generen equidad, de servicios de salud de amplia o total cobertura, de infraestructura adecuada y de una oferta educativa que produzca conocimiento y nuevas alternativas económicas que reciban incentivos para crecer.
Imagine una ciudad en la que pudiera vivir y trabajar, en lugar de usar cuatro horas diarias para trasladarse; en la que el uso del auto perdiera sentido porque el transporte en sus diferentes modalidades es mejor alternativa; en la que emprender fuera más sencillo que buscar empleo (y tampoco hubiera tanto problema para hallar uno) y la competencia en los servicios de salud y educación pusieran en la mesa opciones para todos los bolsillos. Con estos ingredientes, y algunos más, es seguro que los índices de criminalidad no serían la principal preocupación de los ciudadanos.
Esa Ciudad de México no está lejana ni es una utopía. Se trata sólo de incorporar una visión completa del funcionamiento de la capital. He insistido antes que esta metrópoli está conectada y que lo que afecta en la colonia Condesa repercute en Iztapalapa y viceversa. Si podemos acordar, como ha ocurrido con muchas de las políticas que hoy son ley, pisos mínimos para desarrollar el potencial de cada zona de la ciudad, podríamos lograrlo en menos tiempo del que pensamos. Únicamente es una cuestión de hacer a un lado los intereses y la política que los cubre, a través de la organización de la sociedad civil, pero de eso escribiremos en la siguiente oportunidad.
@LuisWertman @elconsejomx
