Aguas

El problema de la basura en la Ciudad de México es complejo, aunque responde a la lógica de las grandes urbes

La tormenta me sorprende a unos metros de bajarme de un vehículo. A pesar de que sólo son unos pasos hasta el vestíbulo de un edificio de oficinas, ubicado en la Glorieta del Ángel, llego empapado para resguardarme. No hay mucho por hacer; la lluvia cae como una cortina impenetrable.

A mi lado, dos ejecutivos hablan por teléfono celular mientras fuman. Transforman lo que seguramente era una reunión de trabajo, en una llamada de conferencia. Hablan de presupuestos y tiempos de entrega; uno de ellos, con el cigarrillo a medio terminar lanza la colilla a la acera. Pocos segundos después su colega hace lo mismo. Los dos le atinan a la pequeña corriente que confluye en lo que debería ser una coladera que desahogue el agua. La operación se repite, en total, en seis ocasiones antes de colgar. Mientras, el charco se vuelve un improvisado estanque en la ciclovía.

Otra ejecutiva, también ocupada en el celular para darle instrucciones al conductor que viene en el tráfico por ella, juega con un vaso de café al mismo tiempo que busca algo en su bolsa. De pronto el envase se convierte en un elemento distractor de tal magnitud que decide dejarlo “un momento” en la jardinera principal. Su auto llega y corre. El vaso ya no la acompaña.

Dos ciclistas calculan la posible duración de la lluvia (que de nuevo será atípica en la Ciudad de México) y dudan en correr el riesgo de circular y llegar hechos una sopa. Hace frío y uno de ellos se limpia la nariz con un pañuelo desechable. La lluvia parece rendirse por un instante y, sin decirse nada, arrancan para aprovechar la luz verde del semáforo. La prisa hace que el pañuelo hecho bola se salga de la chamarra para ciclismo y quede en el piso.

Supongo que la escena se repite cientos de veces en la Ciudad de México, porque las noticias nocturnas reportan inundaciones en puntos inimaginables.

Durante varios días posteriores tendremos lluvias que desbanquen a las inusuales del año anterior y, en la cima de la ironía, un gavilán (que parece águila) se posa en una marquesina de la estación del Metro Nopalera para confirmar el augurio de que pronto regresaremos a vivir en una laguna llena de canales.

El problema de la basura en la Ciudad de México es complejo, aunque responde a la lógica de las grandes urbes. Primero está el sistema de recolección, de cuya eficiencia depende incluso una parte de la percepción de seguridad pública.

Luego está la basura que decidimos tirar en la calle o en los botes públicos, esa misma que tapona (junto con la grasa de muchos negocios de comida) las alcantarillas, antes y durante cada temporada de aguas.

De la misma forma en que nadie tira un pañuelo usado en la sala de su casa o pone un bote de basura precisamente para ese espacio, tenemos la obligación de no tirar nada en la calle y sólo por el hecho de que la vía pública es una extensión de nuestro hogar. Eso es ser corresponsable.

Darle mantenimiento al drenaje, ampliar su capacidad de acuerdo con la demanda y resolver técnicamente el impacto de la lluvia es una tarea de los gobiernos. Sin embargo, la nuestra es reducir el lanzamiento de miles de colillas, vasitos, pañuelos y papelitos diarios que nadie recogerá por nosotros.

El principio es simple: la ciudad limpia (y con buen drenaje) no es la que recoge bien la basura, es la que no la tira. Pero de eso escribiremos en la siguiente oportunidad.

                Twitter: @LuisWertman  y  @elconsejomx

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