Inés Arredondo, Amparo Dávila y Guadalupe Dueñas son escritoras mexicanas de la misma estirpe. Cada una, a su manera, encuentra en la cotidianidad un rasgo siniestro que lleva sus tramas al territorio de lo sublime. Su literatura habita en los huecos con personajes rotos, perdidos y sufrientes, que viven asfixiados por los designios de un Dios malvado con disfraz de monja o de padre amoroso. En sus narraciones revelan a un yo escindido y devoto. Las tres, en diferentes momentos de su vida, estuvieron solas y prácticamente encerradas en sus casas. Tal vez estaban envueltas por un cálido dolor.
Inés Arredondo escribe bajo la impronta católica y sus personajes transitan una senda de misterios. En ese sentido el cuento más famoso de la sinaloense quizá sea Mariana, en él una jovencita es arrastrada a una relación sadomasoquista, y hay un sacrificio. Pero es La señal el cuento en que Arredondo crea un universo religioso fuera del tiempo: Pedro camina bajo el sol de las tres de la tarde y entra a la iglesia donde se siente fresco y cómodo, enseguida un hombre le dice que “tiene” que besarle los pies. Pedro siente asco, ver al otro arrodillado lo humilla. Y sólo por unos instantes, durante el beso, Pedro “había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado” (75). Es la náusea combinada con el amor a Cristo lo que produce el enigma.
Amparo Dávila hace del sufrimiento una estética. El cuento que podría considerarse su manifiesto del dolor es Fragmento de un diario: un hombre se declara como un maestro del dolor y tira su cuerpo en la escalera, representa ante todo su sufrimiento que puede manejar del grado 1 al 10 y viceversa, aunque el cuento tiene una serie de clichés respecto al amor, es posible rescatar un humor negro muy bien trabajado. El padecimiento amoroso está también presente en Griselda, una mujer que, como Edipo, se arranca los ojos al enterarse de que su marido ha muerto. El relato sucede en una atmósfera asfixiante de alucinación, además los ojos de Griselda se multiplican endemoniados.
Varios de los relatos escritos por Guadalupe Dueñas podrían figurar en antologías de cuentos hispanoamericanos. Igual que a Fernando Pessoa no se le conoció ninguna relación amorosa que concretara los apetitos del cuerpo. La suya es una literatura del misterio. Mucho se ha hablado acerca del relato Historia de Mariquita, en él leemos cómo la primera hija de la familia Dueñas es guardada, ya muerta, en un frasco de chiles por años. Al roce de la sombra es también de los más comentados. Sin embargo, en La hora desteñida Dueñas hace un juego audaz con el tiempo y el espacio, pareciera que la protagonista puede atravesar las épocas y las cosas. Es un cuento de escritura fragmentada, de ambiente fantasioso y lubricidad culpígena: “Perros de rostro humano multiplicaban diminutos mordiscos y la herían con agrio manoteo; después eran más altos y su aceitosa bestialidad entre los muslos la hacía tambalearse” (89). El texto crece al punto de que la mujer abre una puerta y se ve a ella misma, pero niña.
La escritura más ambigua es la de Guadalupe Dueñas, es también la más oscura y abstracta. Los cuentos de Amparo Dávila son sufrimiento; amores desdichados y mucha soledad. La literatura de Inés Arredondo representa una vida de convento que favorece los apetitos por la carne. Las tres son mujeres de su tiempo donde la Iglesia tenía dominio sobre la vida íntima, lo podemos ver en sus cuentos para bien y para mal. Estas escritoras parecen ecos de una misma voz.
