Desarme voluntario

Nuestra justificación para tener armas puede parecer válida —la inseguridad— aunque no existe ningún beneficio confirmado.

Por Luis Wertman Zaslav

Tenemos armas. Las tenemos en casa, en el automóvil y hasta en nosotros mismos cuando caminamos por las calles. Ya sea para proteger a nuestras familias o a nuestro patrimonio, ya sea para intentar hacerle frente a la delincuencia, las tenemos. Nuestra justificación puede parecer válida —la inseguridad— aunque en realidad no existe ningún beneficio confirmado para ello. Si bien la sabiduría convencional dicta que contar con un arma cerca nos brinda seguridad, todos los indicadores demuestran lo contrario. Escribo un par de ejemplos.

Desde hace cinco años, 80 por ciento de los homicidios dolosos en la Ciudad de México es consecuencia de riñas, venganzas personales y motivos pasionales. Los días en que ocurren con mayor frecuencia son los viernes, sábados y domingos, es decir, aquellos en que se supone estamos en familia o descansando. En prácticamente la totalidad, existe un componente de abuso en el consumo del alcohol y la presencia de un arma de uso personal que se usa en contra de un familiar, un amigo, la pareja o un compadre burlón.

El segundo ejemplo son las víctimas. Cada año, cientos de menores se lesionan al jugar con esa pistola (que nadie sabe) se encuentra en la caja de zapatos (arriba del clóset), la cual está prohibido bajar (lo que nadie obedece). Una de las temporadas en que este tipo de tragedias aumenta es en diciembre, durante Navidad, la época más festiva y amorosa del calendario. Muchos otros se lesionan en el mismo periodo por las fiestas patronales en las que, aunque parezca increíble, algunos vecinos siguen disparando al aire para celebrar, olvidando una ley elemental de Newton: cualquier cosa que sube, tiene que bajar.

Si, en promedio, sólo dos de cada diez homicidios dolosos son atribuibles al crimen, ¿qué pensarán de nosotros los delincuentes? Dudo mucho que les demos miedo, pero al menos deberán pensar que su violencia profesional está compensada por nuestra violencia cotidiana. Ahí incluyo a quienes sacan un arma a la menor provocación por altercados de tránsito.

El pasado 23 de mayo, la Ciudad de México dio un paso histórico para vencer este círculo vicioso, que nos afecta no sólo en la capital del país, sino en toda la República. Por unanimidad, los legisladores locales aprobaron que el programa de Desarme Voluntario se convirtiera en ley.

Igual que otros derechos sociales impulsados por el gobierno capitalino, la posibilidad de entregar un arma sin preguntas de por medio y recibir un pago en efectivo o en especie, será una política pública permanente. Aunque el programa es mucho más que una amnistía, es un ejemplo de coordinación entre instituciones federales y locales, sociedad civil y la propia Iglesia católica, en cuyos atrios se monta una feria para educar y formar a niños y adultos sobre la urgencia de no tener armas cerca.

Los números del programa hasta la fecha son de impacto y están disponibles para cualquier persona. Para no perdernos en las cifras, piense que cada una de esas armas entregada es una vida más que no se perdió inútilmente. También es un caso de éxito en el continente y detiene una peligrosa tentación social para armarnos cuando sentimos un aumento en la percepción de inseguridad. Apoyemos todos y deshagámonos de cualquier arma o munición. Los efectos de aprobar una ley como ésta se sentirán de inmediato, ese es el tamaño del problema y el beneficio de esta decisión.

                Twitter: @LuisWertman y @elconsejomx.

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