Umbrales mínimos; Cielo Rojo

Leda Rendón Llegué a Montevideo una madrugada después de varios días de tormenta, los árboles y las ramas cubrían las avenidas y la atmósfera densa y gris era asfixiante. Las calles estaban habitadas por coches viejos, vagabundos y drogadictos; también había ...

Leda Rendón

Llegué a Montevideo una madrugada después de varios días de tormenta, los árboles y las ramas cubrían las avenidas y la atmósfera densa y gris era asfixiante. Las calles estaban habitadas por coches viejos, vagabundos y drogadictos; también había algunos hombres y mujeres hermosos envueltos en un halo de tristeza infinita. Tuve la sensación de que todo era una repetición en un espacio donde el tiempo espiaba detenido. Montevideo se parece a La zona, de Tarkovski, y es una ciudad hermana de Lisboa y La Habana. Me traía al paisito mi pasión por Felisberto Hernández. Quién hubiera dicho que me encontraría en el archivo de la Biblioteca Nacional con el diario perdido titulado Mi viaje a Chile, escrito en 1917 por el joven Hernández. La obsesión se apoderó de mí y estuve transcribiendo durante semanas el diario y el manuscrito de Tierras de la memoria. Un día me di cuenta de que me había convertido en uno de esos personajes monomaníacos de Melville. Basta. Y crucé la avenida para recorrer las librerías que están frente a la Biblioteca. Pero los autores eran los mismos que yo conocía por las antologías de Ángel Rama. La literatura en el Uruguay vive atrapada en las antiguas glorias: Onetti, Somers, Hernández y Levrero, en la narrativa; además de Herrera y Reissig, Agustini y Vilariño en la poesía.

Entonces me dispuse a leer Irrupciones, de Mario Levrero, porque la Trilogía involuntaria me había regalado momentos apocalípticos. Igual que un paria Levrero se bañaba poco, además permanecía días enteros guardado en su habitación. Los textos de Irrupciones hablan de la invasión de los otros en la tranquilidad de su casa; en el transporte público y en la necesaria pausa en un parque para descansar. Como en gran parte de los escritos de los uruguayos, Buenos Aires también es protagonista, recordemos que Levrero estuvo trabajando allí para una revista en la que hacía crucigramas. Irrupciones contiene textos numerados del 1 al 126 aparecidos en la revista Posdata, y aunque tal vez Levrero no quería hacer cuentos, construyó pequeñas piezas que pueden leerse de forma independiente o como partes de una totalidad. Irrupciones es un monumento a lo fragmentario o tachado; es una inquietante estructura abstracta que, sin embargo, no puede escapar de lo narrativo. Leer a Levrero en el bochorno del verano en Montevideo es entender su odio al calor, y comprender la necesidad de la magia para una agudeza como la suya en una ciudad que ofrece poco.

En Montevideo sólo queda hacer un doloroso viaje al interior de uno mismo y ocupar el tiempo libre en proyectar otras ciudades dentro de ella, que parece desmoronarse por los vientos del sur. En Irrupciones Levrero explora la imposibilidad de la escritura como en La novela luminosa, en ocasiones une en un mismo texto dos o tres pedazos que en apariencia no tienen nada que ver. El azar es la materia principal de creación en Irrupciones, pero son la soledad y la memoria las piedras de toque.

Ayer soñé que caminaba por el centro de la Ciudad de México con Mario Levrero y Felisberto Hernández, cada uno tomaba una de mis manos, la derecha y la izquierda respectivamente; el primero me decía que el tráfico lo volvía loco, el segundo aseguraba que le hubiera gustado vivir en el valle de los palacios y las pirámides. Cuando desperté para cerrar la ventana por el fresco de la madrugada, el cielo de Montevideo era completamente rojo y un vagabundo me saludó mientras paseaba con su perro negro por la rambla.

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