Umbrales mínimos

Leda Rendón En el libro Cuentos de Rubén Darío 18671916 el deseo y la poesía son los protagonistas. Con una prosa edulcorada y preciosista, Darío construye territorios perversos y entrañables que abrevan del imaginario griego y oriental. Así, inflama la realidad de ...

Leda Rendón

En el libro Cuentos de Rubén Darío (1867-1916) el deseo y la poesía son los protagonistas. Con una prosa edulcorada y preciosista, Darío construye territorios perversos y entrañables que abrevan del imaginario griego y oriental. Así, inflama la realidad de visiones en contacto con faunos y reyes; sedas y oro. Los relatos son alabanzas a lo femenino; aunque también el nicaragüense explora la naturaleza del tiempo; la idea del bien y del mal y, sobre todo, vemos su preocupación por el otro yo, el salvaje, ese que está en contacto con la tierra y los anhelos del cuerpo. En estos textos Darío es heredero de Poe e Ibsen de los que sin duda toma las estrategias para construir las tramas; pero también hay ecos de Lautréamont y Verlaine

—que aparece en uno de los cuentos— en lo que toca al uso del lenguaje. Las historias suceden en varias partes del mundo y atraviesan las épocas. México aparece en el cuento Hutzilopoxtli. El libro es también una mezcla de creencias monoteístas y pulsiones paganas: vemos a los tres reyes magos, princesas diamantinas, jóvenes melancólicas, ninfas y niñas eternas.

Cuentos tiene dos textos que sorprenden por su temática y su tratamiento del lenguaje, me refiero a La muerte de la emperatriz de China y a El caso de la señorita Amelia. Primero en La muerte de la emperatriz de China una joven pareja disfruta las delicias del cuerpo y el espíritu, hasta que llega de regalo el busto en porcelana de una hermosa mujer oriental. El marido cae apasionado ante la estatua y su esposa quiere desaparecerla. Darío construye un ambiente delicioso en el que la esposa también es una muñeca: “Delicada y fina como una joya humana vivía aquella muchachita de carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche” (57). La historia propicia una sensación de extrañamiento en la que el sujeto se relaciona con los objetos a través del afán. De alguna manera, como en el juego de la seducción, el hombre se ve en la estatua a sí mismo y comienza un solipsismo en el que la amada es la literal emanación del deseo.

El segundo texto, El caso de la señorita Amelia, no obstante su artificiosidad, su exagerado atildamiento es oscuro; una suerte de prefiguración de la Lolita de Nabokov. Con la diferencia de que en el relato de Darío hay elementos fantásticos. En Lolita, Humbert, imagina tener hijas de Lolita para poder amarlas, pero en El caso... Amelia permanece joven y espera al Dr. Z. porque ella también sugiere estar enamorada. Podríamos ver a Amelia como una especie de vampiro o como la encarnación de la voluntad de detener el tiempo por amor; por eso, quizá, es necesario conservar aquella imagen por la que fue objeto de adoración. El relato explora la belleza virginal que deviene voluptuosidad infantil y hace que el antojo adquiera una forma primordial. Hoy, la puesta en escena de una niña eterna lista para el amor es un anclaje poderoso en el imaginario.

Lo más interesante en las narraciones es la presencia del otro salvaje, ya sea en forma de melancolía, de rabia o de permanencia en el tiempo. Cuentos conserva en su interior la lascivia y la magia de los universos míticos de la antigüedad; actualiza y cuestiona la posición de la mujer frente al hombre porque Darío juega con los binomios monstruoso-angelical y vejez-juventud sin maniqueísmo. Rubén Darío es un ejemplo de un excelente poeta que domina además la materia del relato corto, algo poco común en estos tiempos.

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