Umbrales mínimos

Lo bello, roto e inacabado.Antología de relatos japoneses.

Por Leda Rendón

Osamu Dazai, Kenji Miyazawa y Ryūnosuke Akutagawa fascinan por su conciencia de lo bello como algo roto e inacabado que podemos leer en la Antología de relatos japoneses presentada por el sello español Quaterni. Los doce cuentos tienen un sentido profundo y cotidiano de lo estético. Sin embargo, las propuestas de cada autor son diferentes: Dazai trabaja con personajes tristes acompañados por el alcohol; Miyazawa escribe para los más jóvenes y sus cuentos son cándidos y de corte fantástico; con Akutagawa encontramos textos introspectivos, en ellos lo habitual es “siniestro digno de una novela de Poe o de Hoffmann” (3).

Las narraciones de Dazai tienen como figura central a la ciudad que arde por todos lados y reflejan un fuerte compromiso con el otro; así, el cuento protagonizado por un billete de cien yenes termina su travesía abyecta en la espalda reseca de un bebé. Los otros tres relatos cuentan las historias de amigos a punto de ir o regresar de la guerra. Su propuesta es más pobre comparada con la de Miyazawa y Akutagawa, quizá por el corte “realista” atormentado de sus narraciones, apegadas a cánones de principios del siglo XX en Japón.

Miyazawa es sencillo e ingenuo; en sus cuatro cuentos construye extraños mitos. En La estrella de Yodaka leemos la historia de un pájaro tan feo que las otras aves lo humillan, y para escapar de las burlas vuela tan alto que se convierte en estrella: “Incluso ahora sigue brillando” (201). El restaurante con muchas “peticiones” es enigmático, cerca de las convicciones budistas de su autor: aquí los cazadores son alimento de otros hombres. Los personajes pertenecen a una edad primera de la humanidad en la que el cosmos es un lugar para vivir en equilibrio.

Akutagawa, el mejor de los antologados, deja ver el aliento de los relatos fantásticos del siglo XIX europeo en tres de sus textos; el primer guiño a esta tradición es cuando un ojo gigante se manifiesta en La anciana fantasmagórica, quizá un homenaje a L’oeil sans paupière, de Philarète Chasles. El segundo y el tercer guiño lo observamos en Las dos cartas y en Un extraño reencuentro, en el primero un hombre es perseguido por su doble y el de su mujer; en el segundo una concubina china termina loca por la obsesión que le causa un amor pasado. En el cuento Torokko asistimos al refinamiento de la emoción personificada por un niño de ocho años que “vuela” en un vagoncito “por las vías a toda velocidad con las ramas de los mandarinos rozando” (123) su cara. Akutagawa mezcla la cultura japonesa y el imaginario de occidente; utiliza el lenguaje de forma sutil y engarza las formas de la naturaleza con los deseos ocultos de los hombres.

Dazai sufrió depresiones profundas e intentó suicidarse en tres ocasiones hasta que lo logró al lado de otra mujer que no era su esposa. La soledad obsesionó a Miyazawa, sus obras fueron conocidas tras su muerte. Finalmente, el suicidio de Akutagawa significó el cierre de una época en su país. Ellos vivieron menos de 40 años y con trazos mínimos nos transportan en esta Antología de relatos japoneses a los territorios de la imaginación, la locura y la brutalidad. En sus narraciones redescubrimos el atractivo de la fealdad y su seducción oculta.

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