Umbrales mínimos

Felisberto Hernández, hipnotista del lenguaje

Por Leda Rendón

Felisberto Hernández en sus textos (principalmente cuentos) preña al lenguaje, lo hace chillar, lo lleva al extremo, vuelve la repetición y la gramática dislocada un arte. En la obra del uruguayo hay dispositivos móviles: el recuerdo, el sueño, la imaginación, los objetos y la palabra escrita modifican constantemente la anatomía de los cuerpos narrativos. Hernández no establece un orden jerárquico en sus personajes; narra a partir de la disección de todos ellos, lo que da la sensación de un infinito devenir. Trabaja con mecanismos dicotómicos: los espectros, en el sentido derridiano, lo asechan. En definitiva, el autor de La casa inundada explora el cuerpo, separado del yo, que tiene: “por su cuenta otros pensamientos. Y hasta podría decir que él también tenía su mirada”, asegura. La escritura felisbertiana es una cópula del lenguaje: resulta inútil buscar una estructura racional en sus narraciones.

En el caos y el misterio de la realidad, encontramos la “filosofía y el arte” del escritor de Por los tiempos de Clemente Colling, quien cuestionó el sicoanálisis antes que, por ejemplo, Deleuze y Guattari: “Porque ante los sicoanalistas no se puede hablar ni hacer nada, de todo deducen lo que se les antoja, y lo peor es que lo aseguran”. Cuando el comunismo era lo “correcto” en los círculos intelectuales, él se declaró anticomunista. Hernández exploró, principalmente, el yo literario-filosófico y sacó a la memoria de su territorio, como cuando los dedos durante uno de sus textos, después de la lección aprendida de piano, se rebelan y quieren ser música. Esto es porque en sus narraciones los cuerpos, los objetos, los conceptos y algunas palabras son seres autónomos con un sentido de sí mismos: constantemente modificados por la acción de la realidad presente. Su obra tiene rasgos profundamente políticos, como cuando asegura que Buenos Aires es la capital de Montevideo.

Los dispositivos narrativos felisbertianos son llevados al límite cuando también la multiplicidad es borrada. Por ejemplo, en Tierras de la memoria dice que es posible que los antiguos tuvieran ya nombres pensados de antemano y decidieron repartirlos entre las cosas. Si ese hubiera sido el caso declara: “Yo le hubiera puesto el nombre de abedules a las caricias que hicieran a un brazo blanco . . . Entonces prendí la luz, saqué de la cartera el cuaderno y el lápiz y escribí: yo quiero hacerle abedules a mi maestra. Después saqué la goma, borré y apagué la luz”. El yo infinito que

observamos en muchos cuentos de Hernández es opaco para sí mismo y se borra después de generar lo múltiple.

Hernández vivía fascinado por las mujeres gordas y las delgadas también, como su primera maestra de piano,

Celina, esbelta, siempre vestida de negro. Le encantaba la forma en que las faldas de las muchachas poseían sus cuerpos. Tenía una obsesión por las chicas leyendo y los maniquíes. El blanco y el negro de las teclas del piano inundan sus escenarios y los cuerpos, o sus fragmentos, convertidos en melodía están en muchas partes. Hay quien lo acusó de naïf, pero ese era sólo un disfraz que muchos bobos compraron. Le interesaba pensarse más allá de él, y apuntó: “El hombre es incapaz de imaginar la no imaginación, la no esperanza, la no condición hombre”. Al final, Felisberto Hernández engordó tanto que cuando murió en 1964 (festejamos el fuego nuevo de su partida) lo tuvieron que sacar por la ventana de su casa. Hasta el último momento su cuerpo, el sinvergüenza, no dejó de burlarse de él.

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