Carta a mi padre César Tort
Siempre que escucho en algún lugar la palabra integridad, mi padre viene a mi mente. Mis recuerdos están llenos de historias que alimentan esto.
Por Silvia Tort
Todo empezó debajo de un piano…
Crecí debajo de un piano, dibujando y leyendo cuentos e historietas, mientras escuchaba a mi papá componer lo que ahora sé que son: grandes obras musicales.
Pero en esos años que cabía cómodamente debajo de aquel piano, recostada sobre una alfombra roja, aún no sabía de lo que estaba siendo testigo. En esos años sólo era una niña disfrutando de dos grandes compañías: mi padre y el arte.
Con el tiempo empecé a entender que esa infancia no fue común ni mucho menos quedó como una anécdota más en mi vida. Esas tardes de música, dibujos e historias, dejaron un tatuaje en mi alma que ni el láser más avanzando sería capaz de borrar.
EL PAPÁ…
Con toda su sensibilidad, mi papá me presentó un mundo diferente al cotidiano.
Tal vez él no jugó futbol conmigo, pero sí me relató mágicos cuentos -muchos inventados por él- todas las noches. Tal vez él no me llevó a Disneylandia ni a Six Flags, pero me llevó a muchos rincones del país para mostrarme con gran vocación, la infinita riqueza de la tierra que nos vio nacer.
De su mano conocí la grandeza de Palenque, la originalidad de Tonantzintla, los paisajes de Velasco, el legado de los prehispánicos, el canto del cenzontle. Tal vez él no se preocupó porque mis calificaciones escolares fueran excelentes, pero sí se preocupó por darme una educación musical que me hizo ser selectiva, sensible y capaz de ver más allá, de ver el corazón.
Tal vez nunca me habló de la importancia del dinero, pero sí me trasmitió que uno viene al mundo con una misión y la única manera de agradecer el regalo de la vida, es luchar por ese propósito con integridad.
Hoy tengo 38 y me dedico con gran pasión a mi trabajo. Hoy veo un mundo lleno de historias infinitas. Hoy, vaya donde vaya, llevo a México en el corazón. Lo tengo siempre en mis pensamientos y me duele su maltrato, tanto como me cautiva su inmarcesible belleza, y César Tort es el “culpable” de ello.
EL ABUELO…
Pero… me estoy quedando corta. Algo me está faltando. Y es que mi padre, aunque fue un gran padre, aún fue mejor abuelo. Tuvo ocho nietos, grandes y chiquitos, y para todos ellos fue su héroe.
Nadie les pidió a estos ocho niños que debían de admirarlo y respetarlo por la trayectoria que ha logrado. Ellos se dieron cuenta sin ayuda. Los más jóvenes peleaban por darle la mano o por dejarse cautivar con sus cuentos y dibujos, y los más grandes se turnaban para hacerle preguntas. Lo apodaron “el abuelo Google” pues sabían que era capaz de hablar con gran conocimiento e imaginación de casi cualquier tema: arte, arquitectura, historia, política, astronomía, ingeniería y hasta paleontología, con especialidad en dinosaurios.
EL CREADOR…
Sí, César Tort fue mi padre y abuelo de mis hijos y sobrinos... y con ese hecho ya nos dejó una herencia poderosa, pero también fue muchas, muchísimas cosas más. Fue un gran pintor (su casa está decorada con pinturas propias que parecen ser obras de un profesionista, no un aficionado); fue un delicado escritor, arquitecto, cineasta, compositor de obras que tocan el alma y un gran educador musical de México. Y aquí me detengo un poco porque vale la pena contarles una historia.
Hace décadas, cuando mi padre veía cómo su carrera como compositor estaba en ascenso y el presidente de entonces le solicitaba obras sinfónicas para inaugurar festejos nacionales, detectó con preocupación que los niños de México no estaban recibiendo una educación musical adecuada. Y sabiendo el enorme legado de la música en el desarrollo humano y con gran conocimiento del folclore, de los instrumentos prehispánicos y de la lírica infantil, dejó todo a un lado para dedicarse a idear un método de enseñanza único en el mundo, que concluyó con la creación de Artene, centro de pedagogía musical infantil que hoy es homenajeado por especialistas internacionales en la materia.
Artene es una escuela que abre sus brazos a toda la infancia. No hace selección de alumnos, dado que asume que todo niño es amigo de la música y así es como puede sacar lo mejor de cada uno.
EL LUCHADOR SOCIAL…
Siempre que escucho o leo en algún lugar la palabra integridad, mi padre viene a mi mente. Mis recuerdos están llenos de historias que alimentan esto. Posiblemente unas de las más relevantes fue ver cómo políticos o empresas como la Yamaha intentaron acallarlo, sin ningún éxito.
El trabajo de mi padre, acompañado de publicaciones donde expresaba que la educación musical de México no se atendía con respeto y honestidad, le estorbó a quienes querían hacer negocios con instrumentos, o a quienes la envidia o la cerrazón no les permitían darle la oportunidad a un método innovador y visionario de enseñanza musical.
En su momento, mi padre no la tuvo fácil. Le cerraron puertas, no obtuvo “apoyos”, pero eso no importó. Él nunca tembló, nunca dudó. Fue un roble que ningún viento cimbró pero que ahora da frutos exquisitos.
Hoy, con el poder de la justicia del tiempo, la Escuela Nacional de Música, el Conservatorio Nacional, Conjunto Cultural Ollin Yoliztli y el Palacio de las Bellas Artes, entre muchos otros, han retumbado con la música de mi padre y con las ovaciones en su nombre.
Aún falta mucho reconocimiento… pero esa ya es otra historia, la historia conocida por todos de un gobierno que suele poner los ojos en lo que menos importa, en lugar de ponerlos en lo medular.
Cada día entiendo con más fuerza que las raíces que me mantienen en la tierra y las alas que me mantienen volando, me las regaló mi padre, me las regaló César Tort. Y sé también que esos regalos los han recibido todos aquellos que se han deleitado con sus palabras, que han vivido su música y que han sido inspirados por su lucha.
Dejaste huella imborrable. Por siempre papá.
PD.
Al fin vas a conocer a Beethoven en el banco de un piano intercambiando sonidos, tomarás un café con Chaplin imaginando una nueva historia, caminarás entre nubes de colores con Fray Bartolomé de las Casas enviando luz a los pueblos indígenas, te tomarás un buen tequila con Jorge Negrete, mientras platicarán sobre el cine de oro, abrazarás a Juana de Arco celebrando su valentía, volarás con Netzahualcóyotl escuchando su poesía, te recostarás a leer una gran novela junto a los estudiantes de Tlatelolco y Ayotzinapa y les dirás que su dolor no fue en vano, les contarás uno de tus mágicos cuentos a todos los niños sirios que, como tú, son nuevos en el cielo, pero sobre todo, te tomarás un café con pan de dulce poblano al lado de tus padres Mercedes y Damián mientras les dices todo lo que los has extrañado.
Vas a ser muy feliz papá, pero no nos olvides porque en unas décadas te volveré a ver para abrazarte y nunca más soltarte.
Le cambiaste la vida a tanta gente... hiciste un mundo mejor.
Eres increíble César Tort.
