Soberanía, letra por letra

Clara Scherer

Clara Scherer

Editorial

¿Construirla de arriba para abajo y por decreto? o mejor, ¿de abajo para arriba, con trabajo persuasivo, respetuoso de la autonomía de personas, municipios y estados? Lo primero, rápido e injusto. Lo segundo, paso a pasito e impredecible. El azar juega sus fichas. Lo vivimos.

Tres hitos de historia y seis pifias actuales del primer camino: control de territorio y población:

Soberanía. 1576: Poder absoluto, a perpetuidad bajo la ley.

Oportuno. 1824. México, inscribió la soberanía popular.

Bloqueo. 2026. Grita pruebas. Las tiene, simula no mirar.

Exige obediencia ciega y complicidad. Trucos de pejerrey.

Recursos: tráfico de influencias y nepotismos agradecidos.

Abrazos a socios, lamentables narcotraficantes engreidos.

No les aplica la sorna, la burla, no los toca el mandato de ley.

Inseguridad y miedo a transitar por caminos y tierras asolados.

Abusos, injusticias, desapariciones. Muy dolorosos resultados.

San Agustín en La ciudad de Dios, libro IV, cap. 4: “En ausencia de la justicia, la soberanía es un robo organizado”. La soberanía de cualquier país se torna imposible si quien es elegida/o para defenderla carece de autonomía. Esa autonomía, lo sabemos bien las mujeres, no es un acto de voluntad. Es un proceso de crecimiento personal que involucra familias, instituciones y políticas públicas. Un liderazgo carismático genera dependencias.

Para dimensionarla, en especial en el caso de las mujeres, la CEPAL habla de tres ámbitos: el personal, el económico y el político. En el primero, la autoestima, la no violencia y el respeto a los derechos sexuales y reproductivos. En el segundo, tener recursos para decidir la vida, con educación y capacitación, y oportunidades laborales. En el tercero, comprender cómo la política afecta la vida de todas las personas, haciendo casi obligatorio participar para vivir con la comunidad, alzar la voz, proponer mejores rutas para el desarrollo de todas y todos.

La consigna, mucho antes de justicia, orden. Imponerse a través del miedo, del terror. No investigar a posibles delincuentes, Rocha Moya y otros. Aterrorizar a quien presente denuncias, que será acusado hasta de traición a la patria. Además, censurar y despreciar a quien no piensa como ellos.

Una escalera de civilidad para la soberanía basada en la confianza.

Aprender a leer a otros y a decir el pensar propio. Conectar.

Implantar el respeto, condición básica para convivir.

Nación: honrar sus leyes cumpliéndolas para servir.

Armar y operar estrategias comunes. Empatía para colaborar.

Recuperar redes comunitarias. Valorar la confianza.

Entender la política como diálogo para la gobernanza.

Basar la vida pública y privada en principios democráticos.

Organizar sistema electoral con resultados transparentes.

Soberanía: el poder dividido y con contrapesos vigilantes.

Nuestro país ha recorrido muchos peldaños civilizatorios para llegar a inscribir en la Constitución, el respeto a los derechos humanos. El tribalismo, caracterizado por una fuerte tendencia a identificarse con un personaje o un partido que exige y compra obediencia y excluye a quienes piensan distinto, está, por eso, discriminando y violando la Constitución.

Hablar de soberanía implica considerar la seguridad nacional, en términos de geopolítica, sus posibilidades y amenazas. Una línea delicada, las drogas, su consumo y sus muchas formas de transitar por el planeta, factores que obligan a fortalecer instituciones, entre otras, las fiscalías. El combate a la corrupción no ha sido prioridad.

Se erosiona cuando el Estado deja de cuidar amplias zonas del país. La soberanía no necesita propaganda. Necesita resultados y Estado de derecho. Rossana Reguillo: “Las deudas de justicia no caducan”. Cristina Rivera Garza: “La impunidad nos tomó de la mano y nos ha obligado a vivir con dolor”. Madres buscadoras.